dilluns, 18 de juliol de 2016

HOMOSEXUALES Y TRANSEXUALES BAJO EL FRANQUISMO.

El 18 de julio de 1936 un grupo de militares iniciaban un golpe de estado de carácter fascista que llevó a España a una terrible Guerra Civil y a una inacabable posguerra que 80 años después, seguramente, aun pagamos las consecuencias. 






Bajo la dictadura del General Franco se inició una dura represión contra cualquier tipo de disidencia, el machismo y el nacional-catolicismo formaban eran el ADN de esta régimen que no escondía su adhesión al lo movimientos de corte fascista europeo. La lista de represaliados fue enorme. La población LGTB debió esconderse, a pesar de que hasta 1954 no fue penalizada la homosxualidad. El acoso de falangistas o la propia policía fue terrible, se salvaron algunos célebres personajes que dieron soporte al bando vencedor, como fue Jacinto Benavente. Otros se vieron obligados a exiliarse, como Antonio de Molina.

La homosexualidad se consideraba que era una enfermedad y el homosexual un pervertido. El régimen franquista se basaba en la moral católica ultraconservadora que la consideraba aberrante y contraria a la ley natural. El homosexual era considerado una amenaza para el prototipo de "varón macho falangista".

El homosexual era tratado como un delincuente enfermo, como los violadores o los infanticidas. El psiquiatra Antonio Vallejo Nájera
creía necesaria la esterilización. Decía:

Adquieren estos postencefalíticos todas las características propias de las personalidades psicopáticas: holgazanería, importunidad, tendencias cleptómanas, agresividad, vagabundeo, etc. Lo característico es la habilidad cinética y la tendencia a la acción, en finalidad o con fines perversos”.

El general Gonzalo Queipo del Llano afirmó un día que "cualquier afeminado o desviado que insulte al movimiento será muerto como un perro".



Nadie como las personas transexuales sufrieron la terrible represión del franquismo. Se considera que la mayor parte de los 5000 represaliados lo eran, por el simple hecho de visualizarse, pues ser transexual era un delito. 
El franquismo no distinguía homosexualidad de transexualidad, una persona trans visualizaba aquello a lo que el fascismo reinante mas temía "el afeminamiento de la especie".

La Guerra Civil significó el cierre de todos los locales en los que podían acudir. Salir con ropas del "sexo opuesto" a las calles podía significar palizas, detenciones y todo tipo de humillaciones públicas, y a partir de 1954 la cárcel. 

En aquellos lugares donde aun existía una cierta tradición (Cádiz, Valencia o Barcelona) poco a poco y con discreción podían visualizarse. En el Puerto de Santa María o Sanlúcar, en los barrios marítimos de Valencia o en el Barrio Chino barcelonés eran lugares por los que con dificultades podían circular.  

En la España profunda el futuro de una persona trans  era emigrar, pues por el simple hecho de serlo podía ser detenida y obligada a recibir las terribles terapias a las que les sometían, las mismas que se realizaban a los homosexuales. Su futuro no era halagüeño, el mundo del espectáculo, limpieza de hogares, si se tenía suerte de tener pareja hacer las labores de hogar o ser trabajadoras del sexo.

Al final de la dictadura uno de los principales instigadores de este odio hacia personas trans y homosexuales fue el presidente del gobierno Carrero Blanco. Para él el que un joven se dejara el pelo largo ya era un síntoma de "afeminamiento", para este político los Beatles eran unos "melenudos maricas". El fue el promotor de la ley de Peligrosidad Social que no condenaba los actos, sino la el simple hecho de ser. No distinguía, todos eran invertidos, maricas. Enrique Rubio, excelsa pluma defensora de valores patrios, se refería a las personas trans como "maricas disfrazados de mujeres".



La función de la mujer bajo el franquismo era la de dar placer e hijos al hombre (macho), ser el ama de casa y una buena madre de familia. No tenía sexualidad, ni se podía hablar de ello. La idea de que dos mujeres podían sentir satisfacción manteniendo sexo entre ellas era inadmisible. La mujer debía ser sumisa y jugar un papel pasivo en el sexo evitando demostrar placer.

Esto sucedía en un régimen que tenía como guardianas de la moral y las buenas costumbres a una división de mujeres solteras, uniformadas, como la Sección Femenina, semillero de lesbianas en potencia según Fernando Olmeda (El látigo y la pluma). Un grupo marcial de mujeres que enseñaban a las jóvenes aquello que ellas no practicaban: a ser femeninas, a coser y cantar, a realizar las labores del hogar y a ser sumisas ante el varón.

En este estado de cosas las lesbianas no tenían referentes, las últimas conocidas habían abandonado España al final de la Guerra Civil. Muchas no llegaron a comprender la naturaleza de sus deseos y sentimientos llevándolas a una situación de desesperanza motivada por la vergüenza, la ignorancia y sentimiento de culpa. Se creían diferentes, pero vivían en las catacumbas, en la mas absoluta soledad. Paulina Blanco, Fundació Enllaç, nos cuenta su experiencia:

"Yo descubrí mi homosexualidad en la adolescencia y me supuso un altísimo nivel de soledad, de tristeza, de no saber qué hacer, no poner nombre a lo que yo sentía porque no sabía lo que era aquello, no tener referentes, no poder comunicarlo a nadie. Me refugié en los estudios y fueron la salvación, hasta que conocí en un pueblo de Cáceres a Encarnita, con quien comparto la vida desde el año 1972."

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