divendres, 31 de desembre de 2010

LOS CABALLOS DE AQUILES.

"sus naturalezas inmortales se indignaban
por esta obra de la muerte que contemplaban."


 El joven Patroclo se sintió abandonado al ver como Aquiles se enfrentaba a Agamenón por una esclava troyana, la princesa Briseida, y celoso el estúpido enamorado salió a la búsqueda de Héctor a quien se enfrentó en lucha desigual y murió. Su cuerpo fue retirado del campo de batalla por el espartano Menelao. El lamento del de los pies alados tan solo fue superado por el de sus inmortales caballos.


 Zeus regaló a Peleo, con motivo de sus bodas con la nereida Tetis, dos caballos inmortales: Janto, negro, y Balio, blanco. Su naturaleza inmortal hacia que su velocidad fuera inalcanzable por parte de los demás caballos mortales. El hijo de ambos, Aquiles, se los llevó a Troya.



En 1.911 Constantino Cavafis escribió el poema en el que narra la tragedia de la muerte del joven amante de Aquiles a través del lamento de sus caballos inmortales:

LOS CABALLOS DE AQUILES

Cuando vieron muerto a Patroclo,
que era tan valeroso, y fuerte, y joven,
los caballos de Aquiles comenzaron a llorar;
sus naturalezas inmortales se indignaban
por esta obra de la muerte que contemplaban.
Sacudían sus cabezas y agitaban sus largas crines,
golpeaban la tierra con las patas, y lloraban a Patroclo
al que sentían inanimado -destruido-
una carne ahora mísera -su espíritu desaparecido-
indefenso -sin aliento-
devuelto desde la vida a la gran Nada.
Las lágrimas vio Zeus de los inmortales
caballos y apenose. "En las bodas de Peleo"
dijo "no debí así irreflexivamente actuar;
¡mejor que no os hubiéramos dado caballos míos
desdichados! Qué buscabais allí abajo
entre la mísera humanidad que es juego del destino.
A vosotros que no la muerte acecha, ni la vejez
efímeras desgracias os atormentan. En sus padecimientos
os mezclaron los humanos". -Pero sus lágrimas
seguían derramando los dos nobles animales
por la desgracia sin fin de la muerte.

1 comentari:

  1. Según Homero, Aquiles reprocha a sus caballos el haber permitido la muerte de Patroclo:

    —¡Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo al campamento de los dánaos al que hoy os guía; y no lo dejéis muerto en la liza como a Patroclo.

    Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza —sus crines, cayendo en torno de la extremidad del yugo, llegaban al suelo—, y habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los níveos brazos, respondió de esta manera:

    —Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquileo, pero está cercano el día de tu muerte, y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y el hado cruel. No fue por nuestra lentitud ni por nuestra pereza por lo que los teucros quitaron la armadura de los hombros de Patroclo; sino que el dios fortísimo, a quien parió Leto, la de hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor. Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un mortal.

    (Ilíada, XIX, 400 y sigs.)

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