dilluns, 15 de desembre del 2025

HERVÉ GUIBERT, HUMANO Y SERENO EN TIEMPOS CONVULSOS.

(Textos procedentes de Infobae y Homosesiribus)


Hervé Guibert es reconocido como escritor, y su obra literaria, que describe sus años de convivencia con el SIDA, ha generado considerable interés (Al amigo que no me salvó la vida, Gallimard, París, 1990; El protocolo compasivo, Gallimard, París, 1991). El público general lo conoce principalmente por coescribir el guion de El herido, junto a Patrice Chéreau (ganador del Premio César al mejor guion en 1984). Su trabajo como fotógrafo es menos conocido. 





Sin embargo, su fotografía constituye una parte importante de su obra. Primero, como crítico, en 1977, tras colaborar en varias revistas (Combat, Had, 20 ans, Cinéma, Les Nouvelles littéraires), se incorporó a la sección cultural del periódico Le Monde, donde trabajó como crítico de fotografía y cine hasta 1985 (sus reseñas se recogen en La Photo inéluctablement (Gallimard, 1999)). Y después como artista fotográfico.

Hervé Guibert comenzó a fotografiar en 1972, a los 17 años, gracias a una cámara que le regaló su padre. Su segundo libro (publicado en 1980) fue, de hecho, una fotonovela protagonizada por sus dos tías abuelas, Suzanne y Louise, una perspectiva sobre la vejez rebosante de amor y humanidad.

Guibert continuó fotografiando casi hasta el final, cuando abandonó la fotografía por un sueño de infancia: el cine. Realizó su única película, "La pudeur ou l'impudeur" (Modestia o Inmodestia), que documenta su declive hasta marzo de 1991. La primera exposición de estas fotografías tuvo lugar pocos meses después de su muerte, el 27 de diciembre de 1991, en la Galería Agathe Gaillard de París. La primera colección de sus fotografías fue publicada por Gallimard en 1993.



Tanto como el escritor, el fotógrafo Hervé Guibert poseía un talento excepcional. Sus fotografías en blanco y negro son exquisitas, elegantes, delicadas, frescas y tiernas, a veces con un toque de morbosidad. Como una extensión de su obra literaria, nos permiten vislumbrar su vida privada, ilustrando su prosa.

Pone en escena su mundo, así como el de sus amigos y amantes, en un diario narcisista donde momentos de la vida cotidiana se entrecruzan con fantasías surrealistas (El retrato de Juana de Arco, Autorretrato en la Rue du Moulin-Vert, 1981). Construye una fotonovela de su vida. En su mundo, donde los fantasmas parecen flotar, el tiempo parece suspendido y una suave seguridad nos envuelve. Aunque intuimos que la muerte acecha (como cuando se esconde en su apartamento como si estuviera bajo un sudario), el espacio es sereno y lleno de humanidad. En mi opinión, su obra fotográfica, lamentablemente aún poco conocida, es tan valiosa como su obra literaria.





"Siempre negaré ser fotógrafo: esta atracción me asusta; me parece que puede convertirse rápidamente en locura, porque todo es fotografiable, todo es interesante de fotografiar, y de un solo día de la vida, se podrían extraer miles de momentos, miles de pequeños fragmentos, y si uno empieza, ¿por qué parar?"

Sueño con que la fotografía parezca el mismo trabajo manual que la caligrafía. Sueño con que los fotógrafos empiecen a escribir y los escritores a fotografiar, que ya no haya intimidación entre ellos, que cada actividad sea lo indecible, lo innombrable… El Mausoleo de los Amantes: Diario, 1976-1991, Gallimard, París, 2001

Imagen fantasma

Inicio de su obra “Imagen fantasma”

(

photographe fantôme)

La fotografía es también un acto de amor. Una vez, cuando mis padres vivían aún en La Rochelle, en ese apartamento grande, rodeado por un balcón que daba a los árboles del parque y un poco más lejos al mar, decidí hacerle fotos a mi madre. Yo tendría entonces dieciocho años y había vuelto por un fin de semana. Supongo que era mayo o junio, un día de sol pero fresco, con una brisa agradable.

Ya había hecho, sin pensarlo, fotos de ella en vacaciones con mi padre, fotos inevitablemente banales que no decían nada de la relación que podíamos tener, de mi apego hacia ella, fotos que se limitaban a ofrecer obtusamente un rostro, una fisionomía. De hecho, por lo general, mi madre se negaba a que le hicieran fotos; afirmaba que no era fotogénica y que la situación la ponía tensa enseguida.

Si yo tenía dieciocho años, debía de ser en 1973 y mi madre, nacida en 1928, tendría entonces cuarenta y cinco años, una edad para la cual seguía siendo muy bella, pero una edad desesperada, en la que yo la sentía al límite extremo del envejecimiento, de la tristeza. Hay que decir que hasta entonces yo me negaba a fotografiarla porque no me gustaba su peinado, artificiosamente ondulado y lleno de laca, con esos marcados espantosos que le hacían, alternando con permanentes, y que abochornaban su rostro, lo enmarcaban lamentablemente, lo escondían y alteraban. Mi madre era de esas mujeres que presumen de parecerse a una actriz, Michèle Morgan en este caso, y van a la peluquería con una foto de esa actriz, encontrada en alguna revista, para que el peluquero, con la foto como referencia, reproduzca en ellas el peinado. Mi madre tenía entonces más o menos el mismo peinado que Michèle Morgan, a quien obviamente empecé a odiar.

Mi padre le prohibía a mi madre maquillarse y teñirse el pelo, y cuando le hacía fotos le ordenaba que sonriera, o se las hacía sin que se diera cuenta, fingiendo ajustar la cámara para que ella no pudiera controlar su imagen.

Lo primero que hice fue quitar a mi padre del escenario donde iba a hacer la foto, expulsarlo para que la mirada de ella ya no pasara por la suya, por sus exigencias, y librarla por un momento de cualquier presión acumulada durante más de veinte años, y que solo estuviera nuestra complicidad, una complicidad nueva, liberada del marido, del padre: solo una madre y su hijo (¿no sería la muerte de mi padre lo que yo quería poner en escena?).

La segunda etapa fue liberar su rostro de ese caótico peinado: sentado en el baño, yo mismo le mojé la cabeza bajo el grifo para alisarle el cabello y le puse una toalla para cubrirle los hombros. Llevaba una combinación blanca. Yo había probado varios vestidos viejos, como ese vestido azul con volantes y lunares blancos que asocio con un recuerdo de domingo, de fiesta, de verano, de placer. Pero el vestido ya «no le quedaba» a mi madre o me parecía demasiado: reclamaba mucha importancia, era demasiado llamativo y terminaba escondiendo una vez más a mi madre, pero en un sentido opuesto a como lo hacía mi padre, aunque, en retrospectiva, todos nuestros intentos lo que hacían era desnudarla. Ella tenía el pelo rubio, no tan largo, y se lo estuve peinando un buen rato para alisarlo totalmente a cada lado del rostro y que quedara sin volumen, sin imprecisiones, dejando brotar la pureza de sus rasgos: la nariz larga y recta, la mandíbula afilada, los pómulos altos y, por qué no, aunque la foto sería en blanco y negro, los ojos azules. Le puse un poco de talco, un talco pálido, casi blanco.

Después la llevé al salón, que estaba totalmente iluminado con esa luz suave y cálida, invasiva y tranquilizadora de inicios de verano. Acomodé uno de los sillones blancos entre las plantas verdes, la higuera, el árbol de caucho; lo ubiqué de costado para que la luz cayera con más suavidad y bajé un poco la persiana para atenuar la intensidad, que amenazaba con borrar, con aplanar el rostro. También saqué del posible marco visual de la foto todas esas cosas que podían distraer, como la mesa de plexiglás donde descansaban unos ejemplares de la guía de la televisión. Mi madre estaba sentada en ese sillón, con la combinación y la toalla sobre los hombros, y esperaba, erguida pero sin ninguna rigidez, a que yo terminara la preparación. Me di cuenta de que los rasgos se le habían relajado, vi cómo esas pequeñas arrugas que amenazaban con fruncirle la boca habían desaparecido totalmente. (Por un instante yo detenía el tiempo y el envejecimiento; iba de regreso a través del amor a mi madre). Ahí estaba, sentada, majestuosa, cual reina antes de ser ejecutada. (Ahora me pregunto si lo que esperaba no era su propia ejecución, porque, una vez que se había hecho la foto, que se había fijado la imagen, el proceso de envejecimiento podía volver a empezar, y con vertiginosa velocidad a esa edad, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, cuando sorprende tan brutalmente a las mujeres. Yo sabía que cuando dejara de presionar el botón, ella dejaría pasar todo con desapego, serenidad, resignación absoluta, y que seguiría viviendo con esa imagen degradada sin intentar recuperarla frente al espejo con cremas y mascarillas).

Le hice fotos. En ese momento estaba en el cénit de su belleza, con el rostro totalmente relajado y suave, no hablaba mientras yo me movía a su alrededor; tenía en los labios una sonrisa imperceptible, indefinible, de paz, de felicidad, como si la bañara la luz, como si ese lento torbellino alrededor suyo, a distancia, fuera la caricia más suave.




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El mausoleo de los amantes (fragmento)

"Cuando veo el hermoso cuerpo desnudo, carnoso, de un albañil en una obra, no sólo me gustaría lamer, sino también morder, jalar, jamar, masticar, tragar. No descuartizaría, según la moda japonesa, a uno de esos obreros para apretujarlo en mi congelador: me gustaría comerme la carne cruda y vibrante, cálida, dulce e infecta. "





HABITACIÓN (fragmento de Imagen fantasma):

Ya es mala una habitación de hotel que no puede fotografiarse (que no produce el deseo de hacer ninguna foto). Cuando se llega a una ciudad, primero hay que fotografiar la habitación, como para marcar el territorio; capturar tu reflejo en el espejo, como para marcar la pertenencia temporal, como para atenuar el precio, como un testimonio de tu presencia. O se puede ocupar la habitación inmediatamente…haciendo el amor.





dissabte, 13 de desembre del 2025

LA VISIBILIDAD COMO ARGUMENTO EDUCATIVO PARA EL PROFESORADO LGTB (de Ricard Huerta)



"El territorio del profesorado LGTB ha sido tradicionalmente la invisibilidad. Las disidencias sexuales no son bien vistas por la sociedad, por ello sigue resultando complicado hablar abiertamente de la orientación sexual o de género en el mundo educativo. Hemos padecido siempre una persecución sistemática por parte de quienes se consideran adalides de las “buenas costumbres”. Hasta tal punto se nos ha violentado, que el miedo ya forma parte de nuestro engranaje vital. Y la única forma de luchar contra los miedos es enfrentándose abiertamente a ellos. Por eso pensamos que la visibilidad es el mejor argumento para contestar a los violentos, a los fanáticos, y a quienes se obstinan en mantener la represión como código de control. Luchamos por nuestros derechos, pero también por los de toda la ciudadanía. Esto, que serviría para cualquier situación en general, resulta especialmente llamativo cuando hablamos desde el panorama de la educación. Las personas que participan con sus testimonios en este libro nos hablan de vivencias, tanto en lo referido a su ejercicio profesional, como en lo que respecta a cuestiones personales. Cada relato es muy intenso, y convierte este conjunto en una verdadera panorámica de las distintas realidades que componen la diversidad LGTB. También se ha atendido a otros posibles escenarios de interseccionalidad, de modo que tenemos ejemplos de profesorado de distintas edades, de diferentes procedencias sociales y económicas, de numerosas especialidades académicas, de varias ideologías, de lugares geográficos diversos, y de distintas adscripciones disidentes, con relatos que cubren ampliamente el panorama de la riqueza LGTBIQ+" Publicación de Ricard Huerta , ed Tirant lo Blanc 2021. Extraído de Academia.edu 




Texto parcial de la publicación:


El territorio del profesorado LGTB ha sido tradicionalmente la invisibilidad. Las disidencias sexuales no son bien vistas por la sociedad heteropatriarcal, por lo que sigue resultando complicado hablar abiertamente de la orientación sexual o de género en el mundo educativo. Hemos padecido siempre una persecución sistemática por parte de quienes se consideran adalides de la “buenas costumbres”. 

Hasta tal punto se nos ha violentado, que el miedo ya forma parte de nuestro engranaje vital. Y la única forma de luchar contra los miedos es enfrentándose abiertamente a ellos. Por eso pensamos que la visibilidad es el mejor argumento para contestar a los violentos, a los fanáticos, y a quienes se obstinan en mantener una serie de actitudes inaceptables. Al fin y al cabo, luchamos por nuestros derechos, pero también por los de toda la ciudadanía. Esto serviría para cualquier situación en general, pero muy especialmente cuando hablamos desde el panorama de la educación. 


Eliseu Picó y Katy Pallàs, dos generaciones, dos ejemplos de lucha por la visibilidad LGTB en las aulas


El primer paso consiste en aceptarnos a nosotros mismos, tal y como somos, con nuestras virtudes, deficiencias y condiciones particulares, asumiendo el respeto como orden esencial para la convivencia. ¿Se debe hablar abiertamente de nuestra orientación sexual o de género? ¿Es algo que deba ser público? Lo cierto es que las personas heterosexuales, y en general quien entra dentro de los cánones establecidos, nunca se hace este tipo de preguntas. Pero quienes pertenecemos a las disidencias sabemos que no funciona bien esconder lo que pensamos y sentimos, puesto que este silencio se convertirá en nuestro peor enemigo, y además será utilizado por los intransigentes para amedrentarnos, perseguirnos y hostigarnos. Por tanto, mejor será hacer visible las disidencias, nuestras formas particulares  de entender el mundo, de modo que quienes deseen reprimirnos, al menos se topen con la claridad como testimonio. Tenemos nuestras razones para saber que, si nos callamos, si no nos enfrentamos a nuestra propia realidad, si no hacemos públicas nuestras razones, estaremos lejos de conseguir que se nos respete. Así pues, mejor hablar con claridad, razonando, explicando, debatiendo, y sobre todo respetando las distintas opiniones, para poder construir una sociedad más libre, y para poder educar a una ciudadanía mucho más solidaria y generosa. 

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Nos cuenta Yukio Mishima en su novela de corte autobiográfico  Confesiones de una máscara: “Al margen del objeto de tu fantasía,  estás excitado sexualmente en lo más profundo de tus entrañas, y  en eso, en “esa normalidad”, no te diferencias para nada del resto de los hombres” (Mishima, 2012, p. 165). Y más adelante remata:  “Mi autoengaño era el último recurso de esperanza que me quedaba”  (Mishima,  2012, p. 188) 

Reflexiones nos llevan a parte de la esencia de este libro. En primer lugar, porque los deseos y las pasiones no se pueden controlar, y al tratarse de material incontrolable, lo que debemos hacer es asumir dicha realidad, que es muy personal, y se debe respetar. De hecho, es la propia persona quien debe respetarse a sí misma, desde que es consciente de su propia realidad. Por otra parte, el autoengaño nunca lleva a nada bueno. Como mucho puede amortiguar, o aplazar algo que quiere manifestarse. Engañarse a sí mismo no es la solución, al contrario, siempre empeorará las cosas. Y por otro lado está el concepto de “normalidad”, que es lo  más anormal del mundo. Equiparar los usos y costumbres habituales a la idea de “normalidad”, en el caso de las disidencias, nos lleva constantemente a callejones sin salida. Normal, anormal, subnormal o paranormal, son aspectos o condiciones que no contienen ningún tipo de interés, y que debemos descartar de entrada. Lo “normal” debería ser el respeto, el deseo de compartir, la necesidad de aprender y superarse. Todo eso sí es “normal”. Pero en cuestión de afectos, deseos y pasiones, hablar de “normalidad” resulta, como mínimo, paradójico, puesto que nadie es “normal”. Como mucho, se puede ser vulgar, ordinario, dócil o aburrido, pero eso tampoco es precisamente normal. En cualquier caso, deberíamos valorar lo extraordinario, puesto que nos hace vibrar. 




La literatura de Ocean Vuong nos parece extraordinaria, y tomamos un ejemplo de él, alguien que, dentro de sus múltiples otredades, construye un personaje tremendamente atractivo: “¿Recuerdas aquella mañana, después de una noche de nieve, en que encontramos las palabras MARICÓN PARA SIEMPRE garabateadas con espray rojo en la puerta de la casa? (…) – ¿Qué significa? – preguntaste, sin abrigo y tiritando. (…) – Significa Feliz Navidad, mamá –dije señalándolo–: ¿Ves? Por eso está en rojo. Para que dé buena suerte” (Vuong, 2020, pp. 194-195). Y aquí llega la ironía. El humor y la ironía son dos de nuestros grandes argumentos para enfrentarnos a las injusticias. Las personas LGTBI+ conocemos muy bien estos argumentos. 

Uno de los recursos con que contamos desde la creatividad y la disidencia es precisamente la ironía. En los relatos que podemos leer seguidamente aparece con fuerza, de modo habitual, el sentir irónico. Es una forma de defenderse de los ataques, de la violencia que hemos padecido siempre. Un juego de significados que nos propicia alegrías y simulacros de distinta entidad. Se puede luchar, desde la ironía, claro que sí. A veces es una solución impuesta, sobre todo en escenarios de dictaduras, que tan habituales son, por desgracia. 

Pedro Lemebel, maestro en el arte de la ironía, sabe que el lenguaje contiene armas afiladas que nos pueden ilusionar: “Y quizás, para enlazar históricamente el atrevimiento corporal de estos tiempos, es que deseo exponer un pasear transexuado que taconea la vereda antofagastina, el rumbear bolereado de Marcia Alejandra, nombre glamoroso en otro tiempo, nombre ribeteado por el escándalo en los años setenta de la Unidad Popular, nombre estampado en el homofóbico diario Clarín y su titular de PRIMER COLIZA DEL NORTE QUE SE CAMBIA DE SEXO” (Lemebel, 2003, p. 152). Es irónico que tengamos la necesidad de llevar al terreno de las metáforas o los eufemismos lo que son verdades como puños. Pero lamentablemente, es lo que hay. 





En los relatos que siguen hay mucha verdad. Nos hablan personas que han luchado para reivindicar los derechos del colectivo LGTB, pero sobre todo que son profesionales de la docencia, personas que se desviven por mejorar la situación del sistema educativo, desde sus distintas especialidades, desde los diferentes niveles educativos  en los que trabajan. Y esto es precisamente lo que nos une: nuestro amor por la enseñanza, nuestro interés por transmitir conocimientos y valores, por formar a la ciudadanía, por hacer posible un modelo educativo respetuoso y atento a todo lo que está ocurriendo en nuestro entorno. 

Atendiendo a lo que expone Kwame Anthony Appiah: “Cuando las instituciones funcionan correctamente y no se limitan meramente a otorgar titulaciones, lo cual es siempre un peligro, construyen capital humano (…) Pero está claro que tanto los empleos como los centros académicos deben hacer algo más que producir personas que sean útiles para los demás. El trabajo debe tener un significado; la educación debe prepararnos para desarrollar una vida como ciudadanos y como personas –para llevar una vida humana de valor-, y no solo como alguien que puede ganarse la vida” (Appiah, 2019, pp. 222-223). 

Quienes nos dedicamos a la docencia sabemos que el esfuerzo por actualizarse e innovar resulta difícil y a veces complejo, pero es necesario. Y del mismo modo que nos adecuamos a una situación mucho más impregnada de universos digitales, como ha ocurrido con la pandemia global del coronavirus (Huerta, 2020), también necesitamos adecuar la realidad de las disidencias sexuales y de género al nuevo panorama educativo. Por eso este volumen resulta adecuado y necesario, porque estamos en un momento de cambios importantes, de adecuaciones relevantes, y desde las diversidades debemos apostar por una educación inclusiva y plural, más allá de convencionalismos, tabúes, miedos y represiones. Como nos dice Antoine de  Saint-Exupéry: “Adiós –dijo el zorro-. He aquí mi secreto. Es muy simple: no se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” (Saint-Exupéry, 1993, p. 87). O como relata Óscar Hernández Campano: “-Mi secreto es que conozco tu secreto. –Lo miré con el alma en un puño. Sus penetrantes ojos azules me observaban, me escrutaban-. Hablas mientras duermes, Miguel –añadió desafiante, y yo no pude mantenerle la mirada porque me sentí descubierto” (Hernández Campano, 2016, p. 203). 

Y es que las mentiras, el odio, los engaños, nos pueden llevar al destierro, si dejamos que nos pisoteen: “Ellos, los vencedores / Caínes sempiternos, / De todo me arrancaron. / Me dejan el destierro” (Cernuda, 1984, p. 126). Debemos avanzar y mejorar, con la verdad, con el diálogo, con las palabras más bellas, con el trabajo bien hecho, como artesanos honrados, como docentes implicados. 

Un conjunto de relatos de vida como el que ahora se presenta hubiese resultado impensable hace unos años, puesto que el miedo a hablar abiertamente desde las disidencias se acentuaba en la profesión docente. En parte, este miedo perdura, y sigue funcionando. 

Ocurre en todas partes, pero sobre todo en los centros religiosos, donde la intolerancia hacia la diversidad sexual del profesorado es manifiesta. El miedo a perder el trabajo, a ser invisibilizado, a los insultos y todo tipo de formas de violencia, ejerce una presión brutal sobre el conjunto de docentes que trabajan en centros privados. En los centros públicos se puede hablar de más apertura, pero todavía falta mucho para conseguir una verdadera libertad de expresión a la hora de manifestarse tal y como son una parte de docentes en activo, debido a que se sigue ocultando la orientación sexual o la pertenencia al colectivo LGTB. Posiblemente es entre las personas trans donde estamos observando un mayor arrojo a la hora de plantar cara al sistema imperante. Las cosas están cambiando, y tanto las leyes como la conciencia social se acercan cada vez más hacia un estado de respeto y hacia una visibilidad contundente.



 Como dice Susan Stryker en su Historia de lo trans: “otros acontecimientos son igualmente esenciales para llegar a comprender los avances más recientes de la historia de lo trans: la explosión de representaciones de temas relacionados con el transgénero en los medios convencionales que, de hecho, están producidas y cuentan con la participación de personas trans; el increíble elevado porcentaje de jóvenes trans y de género no conforme en el segmento de población menor de dieciocho años; y  los cambios profundos, aunque difíciles de determinar –consecuencia directa de décadas de activismo acumuladas-, con respecto a la forma en que nuestra cultura entiende el género y está empezando a aceptar el fenómeno trans como parte de la realidad cotidiana” (Stryker, 2017, pp. 255-256). 

Puede que uno de los escenarios disidentes menos conocidos sean las cuestiones queer. Gracias a las teorías queer se está avanzando notablemente en cuestiones como la interseccionalidad o la revisión de conceptos y actitudes binaristas.

 Quisiera recuperar aquí el trabajo intenso de Lee Edelman, quien argumenta desde la psicología y el psicoanálisis algunas cuestiones candentes. En su libro No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte expone que “la eficacia de la queeridad, su valor estratégico real, reside en su resistencia a una realidad simbólica que solo nos inviste como sujetos en la medida en que nos investimos en ella, aferrándonos a sus ficciones rectoras, a sus persistentes sublimaciones, como si fueran la realidad misma” (Edelman, 2014, p. 39). Me resulta especialmente atractiva su defensa de la ironía como lugar de encuentro creativo, pero también de lucha y reivindicación posible: “la teoría queer constituiría el lugar donde esa amenaza radical que supone la ironía, que la cultura heteronormativa desplaza hacia la figura de lo queer, es recuperada de forma original por los queers, que ya no repudian sino que asumen su identidad figural de ser encarnaciones de la figuración y también de la desfiguración, de la identidad misma” (Edelman, 2014, pp. 47- 48). 




Y es que toca ser radicales, especialmente cuando se trata de reinventar los significados de tantos prejuicios binaristas en los que caemos constantemente: “Irónicamente (y ya he comentado que la ironía ha caracterizado siempre a la teoría queer) la desmitificación de la queeridad y, por extensión, de la sexualidad misma, la desmitificación inherente a la posición de la racionalidad liberal, sólo podría realizarse atravesando la fantasía colectiva que inviste al orden social con significado, por medio del futurismo reproductivo” (Edelman, 2014, p. 53). Sus postulados son tan atrevidos que no duda en cuestionar los parámetros en los que descansan algunas de la reivindicaciones desde las disidencias: “Esta fusión de la homosexualidad con la negatividad radical de la sinthomosexualidad continúa conformando nuestra realidad social a pesar de los esfuerzos bienintencionados de muchas personas, tanto gays como heteros, por normalizar a las sexualidades queer dentro de una lógica del significado que encuentra realización solo en y cómo el futuro” (Edelman, 2014, p. 127). 

Pero es precisamente el derecho a la duda constante el que nos hace más ágiles a la hora de adecuar nuestros deseos y posibilidades a cada nueva realidad histórica. 

En la historia de vida de Alfonso Alepuz descubrimos a un joven maestro que habla sin tapujos de su homosexualidad en el ambiente laboral, al igual que lo hace en las situaciones cotidianas. Se trata de una generación que, a pesar de las dificultades, ha sabido superar los miedos y tabúes tradicionales, por lo que han aprendido a visibilizar sus realidades. 

La narración de Rosa Sanchis obedece a una realidad de muchos años de experiencia como docente de lengua, que ha sabido llevar al terreno de la literatura y de las TIC su constante lucha por conseguir un mayor acercamiento a las diversidades mediante el potencial literario de su alumnado. Rosa nos habla de la evolución  de su activismo durante décadas, y de sus logros en cuanto a registros digitales, algo que la ha convertido en referente clarísimo para muchas otras docentes. 

Por su parte, Tatiana Casado de Staritzky, como profesional docente universitaria, especializada en Trabajo Social, plantea la realidad de las familias con dos madres, algo que también nos relata Katy Pallàs. Ambas son conocidas por su fuerte implicación en organizaciones que están trabajando para mejorar la visibilidad de los nuevos modelos de familia, algo que a nivel legal se concretó en 2005 con la aprobación del matrimonio igualitario. 



Se trata de relatos muy intensos, de vivencias que nos conmueven, debido a la fuerza con que han sabido luchar estas mujeres, que son una verdadera lección de vida, como madres implicadas, y como personas capaces de avanzar frente a todo tipo de adversidades.

Al leer las circunstancias vividas por los profesores L. Campos y J. M. Lluch, nos damos cuenta de las deficiencias de nuestro sistema, y de la falta de apoyo institucional que pueden recibir los profesionales de la educación, cuando impera la homofobia, el odio, y la persecución sistemática hacia quienes se enfrentan a esta situación perniciosa. El calvario al que se sometieron durante años estos docentes no consiguió frenar su impulso por mejorar la situación, evidenciando las grietas de orden legal y administrativo. 

En la entrevista a Àlec Casanova encontramos detalles intensos de la trayectoria de este maestro que siempre apostó por la reivindicación desde el activismo, algo que también transpira en el relato de José Ignacio Pichardo. 

En 

el caso de Daniel Tejero, profesor en la Facultad de Bellas Artes de Altea, se revelan aspectos de sus distintas épocas y momentos vitales, algo que rezuma en todos los casos presentados, ya que la infancia y la adolescencia son momentos decisivos en las vidas de las personas LGTB. No resulta nada fácil enfrentarse al sistema del heteropatriarcado, ni al machismo en general. Lo cierto es que todos los relatos compilados aquí nos hablan del esfuerzo realizado para conseguir la visibilidad y el respeto. 

En la historia de vida de Elías Lafuente Escrig destaca su pasión por la danza, y por la enseñanza de ésta, algo que él ha llevado al terreno de la inclusión, potenciando acciones que permiten incorporarse al mundo de la danza a personas que por distintos motivos no habían sido aceptadas anteriormente. 

En los distintos relatos encontramos siempre situaciones conmovedoras y punzantes, como ocurre en el caso de la profesora Ana Ojea, así como en el de Estefanía González Herreras, o el de Begoña Sánchez Torrejón, todas ellas activistas conocidas, muy pendientes de cualquier novedad en lo referido a docencia e implicación en las geografías LGTB, así como el relato de José Antonio Frías, profesor de la Universidad de Salamanca. 

Desde México nos llega el testimonio de Benjamín Martínez Castañeda, quien desde la perspectiva trans nos habla de su experiencia como Drag Queen, algo que le lleva a la investigación universitaria de esta opción disidente. 

Por su parte, la profesora Marina Sáenz nos habla de su experiencia personal y profesional, como profesora catedrática en la Facultad de Derecho de la Universidad de Valladolid, y como activista en la defensa de los derechos de las personas del colectivo trans. 

También profesor universitario, el catedrático de Historia Medieval Germán Navarro Espinach nos ofrece su relato de vida, mediante el cual conseguimos acercarnos a un modelo que combina activismo, docencia, investigación y pasión por el trabajo bien hecho. 

Por su parte, el profesor Miguel Navarré nos habla de su doble condición profesional, ya que compagina su actividad docente en Francia con el cargo de alcalde en un pueblo valenciano. 

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ACCESO AL LIBRO COMPLETO, PDF, PROFESORADO LGTB:

https://www.academia.edu/62758163/Profesorado_LGTB




REFERENCIAS 

Aldrich, R. (2012). Gay Lives. New York: ames & Hudson. 

Appiah, K. A. (2019). Las mentiras que nos unen. Repensar la identidad. Barcelona: Taurus. 

Cernuda, L. (1984). Las Nubes. Desolación de la Quimera. Madrid: Cátedra. 

Edelman, Lee (2014). No al futuro. La teoría queer y la pulsión de muerte. Barcelona-Madrid: Egales. 

Hernández Campano, O. (2016). El guardián de los secretos. Barcelona-Madrid: Egales. 

Hernández, F. y Sancho, J. M. (2019). La investigación sobre historias de vida: de la identidad humanista a la subjetividad nómada. Márgenes, Revista de Educación de la Universidad de Málaga, 1(3), 34-45. 

Hernández, F., Sancho, J. M. y Rivas, J. I. (coord.) (2011). Historias de vida en educación. Biografías en contexto. Barcelona: Esbrina-UB. 

Huerta, R. (2020). Arte, género y diseño en educación digital. València: Tirant lo Blanch. 

Lemebel, P. (2003). Zanjón de la Aguada. Santiago de Chile: Seix Barral. 

Mishima, Y. (2012). Confesiones de una máscara. Madrid: Alianza. 

Saint-Exupéry, A. de (1993). El Principito. Madrid: Alianza. 

Stryker, S. (2017). Historia de lo trans. Madrid: Continta Me Tienes. 

Vuong, O. (2020). En la Tierra somos fugazmente grandiosos. Barcelona: Ana- grama.

LA HOMOSEXUALIDAD EN LA EDAD MEDIA