dimecres, 15 de setembre de 2010

LA RABIA DE TERCIOPELO: Las raíces de la rabia.

El ser humano nace indefenso, necesitamos cuidados, amor y protección. Este hecho se convierte en una constante para nuestras vidas. Los padres son nuestra primera fuente de afecto. Los homosexuales, muy temprano en nuestra infancia, solemos darnos cuenta de que existe algo en nosotros que, viendo cómo son tratados los demás homosexuales en nuestro contexto social, nos hace temer perder el afecto de los que nos rodean. Este es el desencadenante de un proceso mediante el cual no autoinvalidamos e intentamos convertirnos en lo que los demás esperan que seamos.
Si analizamos nuestra situación actual nos damos cuenta de que, a pesar de matices posibles, nunca ha sido tan fácil vivir abiertamente nuestra homosexualidad antes en la historia. Sin embargo, las cifras de suicidios de jóvenes gays, visitas a psicólogos y psiquiatras, tratamientos antidepresivos y ansiolíticos, no descienden entre nuestro colectivo ¿qué está ocurriendo? La verdad, nos guste o no, es que crecemos discapacitados. Emocional y afectivamente discapacitados como resultado de crecer en un mundo que, en líneas generales, sigue sin aceptarnos. El “trauma” central de nuestras vidas se origina en el momento en que nos vemos obligados a afrontar un enorme sentimiento de vergüenza cuando, todavía, no hemos aprendido las herramientas para poder afrontarla.



Uno de los elementos que necesitamos tener en cuenta es el de “validación”. Por validación entendemos la necesidad psicológica de todo ser humano, de sentirse aceptado y reconocido por su entorno. Es de vital importancia a la hora de internalizar los esquemas de nuestro contexto de manera que internalizamos con muchas mayor facilidad aquellos que son validados que aquellos que, por el contrario, reciben desaprobación.
Sobre la vergüenza, debemos decir que la evitamos a través de dos mecanismos. Por un lado, esquivando las situaciones que la provocan. Por otro lado, elicitando los mecanismos de sobrecompensación. La vergüenza guarda una relación directa con la rabia, entiendo rabia como “la experiencia de intensa ira a consecuencia de no haber podido lograr una validación auténtica de nosotros mismos”. En muchos gays, la rabia es una emoción inhibida. ¿Cómo sabemos que esta emoción está inhibida? Por dos razones. En primer lugar, muy a menudo, cuando fallan los mecanismos de contención emocional de la vergüenza, se desencadena rápidamente una rabia inmensa, una auténtica sobrereacción que nos indica que esta emoción estaba inhibida. En segundo lugar, muy frecuentemente puede observarse que la persona carece de las habilidades para gestionar su rabia, lo que nos indica que ha estado evitando esta emoción y no ha aprendido a manejarla.



Cómo los gays superamos la rabia es un proceso que consta de tres etapas: 1. “Sobrepasados por la vergüenza”, 2. “Compensando la vergüenza” y 3. “Cultivando la autenticidad”.
1.”Sobrepasados por la vergüenza”. 
En los primeros momentos en que comenzamos a darnos cuenta de que somos gays, muchos de nosotros atravesamos una etapa de rechazo, en la que tratamos de “dejar de serlo” con todas nuestras fuerzas. Ser gay es un hecho que, en los momentos más tempranos de nuestra vida y debido a la homofobia circundante, nos genera una profunda vergüenza. Afrontar esta vergüenza se convierte en el esfuerzo más intenso que desarrollamos en esta etapa y para ello, los gays empleamos diferentes estrategias de afrontamiento. La más dramática de estas estrategias es, lamentablemente, el suicidio. La mitad de los suicidios adolescentes se da entre jóvenes gays y sucede cuando la vida se transforma en algo absolutamente insoportable para la persona que, además, siente que no tiene ninguna esperanza de que las cosas cambien. Otras estrategias son el rechazo de la propia sexualidad, el abuso de drogas y el sexo anónimo.
El rechazo de la propia sexualidad consiste en negar cualquier posibilidad de que uno sea gay, comportarse como lo que se supone que es un hombre heterosexual (a menudo hasta la caricatura) y no sólo apartarse, sino (tristemente) también atacar a todo aquello que se pueda relacionar con la homosexualidad. Esta estrategia de afrontamiento supone dar lugar a una personalidad dicotomizada lo cual es problemático y no sólo por una cuestión de honestidad, sino también porque la validación que la persona recibe no es hacia su auténtico ser sino hacia una máscara que él mismo ha creado. Esto, a la larga, siempre trae consecuencias perniciosas para la salud psicológica del gay.

El abuso de drogas se convierte en un auténtico problema por las razones de salud que todos conocemos, así como porque las drogas se convierten en un elemento que debe estar presente siempre en las interacciones sociales y sexuales del gay consumidor hasta el punto que es incapaz de tener sexo o, simplemente, salir a relacionarse con otros hombres gays, si no se ha intoxicado previamente. El problema se hace manifiesto al darnos cuenta de que el consumo es un reflejo de su fracaso a la hora de abordar la vergüenza que le supone saberse homosexual. Si no está intoxicado, es incapaz de mostrarse ante el mundo como gay ni relacionarse con otros gays. Si no está intoxicado, se siente incapaz de mostrar sus emociones y afectos de hombre homosexual.
El sexo anónimo es otra de las maneras en que los gays, en esta primera etapa, afrontamos la vergüenza que nos sobrepasa. El sexo anónimo puede ser gratificante en un momento concreto pero, cuando es la vergüenza la que nos compele a buscar relaciones sin ningún tipo de compromiso ni profundidad humana, el sexo anónimo nos abre la puerta de más problemas como por ejemplo, que todas nuestras relaciones con otros hombres gays se reduzcan a breves encuentros sexuales actúa como confirmatoria de nuestro temor a quedarnos solos. En un proceso similar, la “vergüenza compuesta” nos asalta en un ciclo donde tratamos de manejar esta emoción haciendo cosas que nos desencadenan más vergüenza aún. El sexo es un método muy empleado por los gays para rebajar nuestro estrés pero, a su vez, puede despertarnos o confirmarnos temores más profundos sin que seamos conscientes de ello (como el de la soledad) cuando tenemos encuentros de sexo anónimo. Vergüenza y culpa se mezclan a partes casi iguales.

Únicamente un esfuerzo dirigido a la maduración personal puede liberar al gay de esta etapa. Por cierto, ¿cómo son las relaciones sentimentales que se viven en esta etapa? A menudo muy poderosas, lo cual no es de extrañar teniendo en cuenta que el amor que se siente ha de ser muy intenso para que quede por encima de la vergüenza y el desconcierto que se está viviendo en esta etapa. Por tanto no es raro que dejen huellas tan profundas. Un problema que suele aparecer en que, en estos momentos de la vivencia de nuestra homosexualidad, aún no estamos preparados para mantener relaciones sentimentales satisfactorias, aún estamos cargando con las heridas que nos ha supuesto un contexto invalidante. Con frecuencia cargamos estas heridas durante años y, con la misma frecuencia, no nos libramos de ellas hasta que no atravesamos una crisis de identidad.
La crisis de identidad puede resolverse a través de dos vías, la cancelación y la admisión si bien sólo la última la resuelve en positivo. Sólo ser abiertamente gay puede conducir a la autenticidad... “durante la crisis de identidad, el tambor de la vergüenza bate con más fuerza en los oídos del hombre gay. Nuestras emociones oscilan del pánico a la tristeza profunda. Miramos el mundo a nuestro alrededor, a nuestros amigos y conocidos y nos tememos que muy pocos de ellos nos aceptarán. Imaginamos una vida solitaria y nos tenemos que todo lo que hemos conocido hasta el momento, desaparecerá. Sin embargo, esa vida no desaparece sino que adopta una riqueza y una dimensión añadida de profundidad emocional que nunca antes hubieras imaginado antes de atreverte a salir del armario”.

Aquellos que resuelven la crisis de identidad a través de la cancelación y rechazan de pleno mostrarse a sí mismos como gays, viven una doble vida aparentando una falsa heterosexualidad, oyendo continuos mensajes homofóbicos a su alrededor sin ser capaces de poder presentarse ante el mundo como lo que realmente son. Por otra parte, es bueno saber que la admisión no siempre conduce a la felicidad puesto que, muy a menudo, a lo que conduce es a mecanismos de sobrecompensación.
2.“Compensando la vergüenza”.
En la segunda etapa de la construcción de nuestra identidad como hombres homosexuales, la vergüenza adopta otro perfil que a menudo nos confunde. Nos mostramos como gays, pero desarrollamos una “fachada” que busca la validación por parte de los demás. Esta fachada puede tener muy diversas apariencias: imagen, conquistas, viajes exóticos, éxito profesional, etc. La validación sería buena, si no fuese porque lo que se valida no es el yo real de la persona, sino la fachada que ha creado. En esta etapa, asoma a la superficie la poca tolerancia a la invalidación que se traduce en una incapacidad de soportar el menor atisbo de invalidación que pueda acontecernos tanto si es patente como si es una invalidación sutil. Cuando un gay experimenta baja tolerancia a la invalidación, cualquier muestra de invalidación desencadena una desaforada reacción emocional. El estereotipo de la “mariquita mala” es el mejor ejemplo del gay que se encuentra atrapado en esta etapa. A menudo esta situación de intolerancia a la invalidación se acompaña de depresión así como de una búsqueda voraz de la validación a cualquier precio.

Salir de esta etapa y de la depresión que la acompaña suele ocurrir viviendo una crisis personal en la que todo aquello que era primordial y a lo que se destinaban todos los recursos psicológicos del hombre homosexual, desaparece y se preserva sólo aquello que es real y honesto. Salir de esta etapa supone la vivencia de una “noche oscura del alma” para el hombre gay.
Uno de los principales obstáculos para salir de esta etapa es la conciencia creciente de que hemos creado una fachada para buscar la aprobación (validación) de los demás. Darnos cuenta de este mecanismo, que nos parece ahora tan pueril, nos genera más vergüenza aún puesto que nos damos cuenta de todos los errores que hemos cometido. Para un psicólogo, trabajar con un gay en esta etapa, es realmente descorazonador. El paciente busca que le ayuden a superar su profundo sentimiento de vergüenza mientras que el terapeuta sabe que la única manera que el cliente tiene para salir de ella, es confrontando sus errores pasado y aprender de ellos. Pareciera como si buscasen objetivos opuestos y se hace difícil conseguir que el cliente colabore. Sin embargo, no hay otro camino que afrontar esta situación y revisar los errores cometidos a lo largo de la propia biografía. ¿Cómo podemos salir de este círculo vicioso? Ayudando al hombre gay en esta etapa a desarrollar su tolerancia a la frustración, mostrarle que es humano equivocarse, que los errores que ha cometido, que los subterfugios que ha empleado, son los que todos lo hombres gays hemos utilizado a lo largo de nuestras existencias para ser capaces de soportar el peso enorme de toda la homofobia que hemos interiorizado. Que no hemos tenido más alternativa que hacerlo así para poder soportar un trauma tan grande como el de haber crecido sintiéndote despreciado por la mayoría de los que te rodeaban.
El hombre gay, en este punto, aprende estrategias para relativizar sus propios errores y aceptarse a sí mismo con sus luces y sus sombras. Ni es perfecto, ni está obligado a serlo, ni la vergüenza de ser homosexual le sigue compeliendo a mostrar una fachada tan fascinante como falsa. Ahora puede comenzar a ser él mismo y a repasar sus errores pasados para aprender de ellos, comenzando por sus “adicciones de proceso”.

Las “adicciones de proceso” son procesos circulares consistentes en conductas que se llevan a cabo para regular los estados emocionales. Con frecuencia, el sexo anónimo y de consumo inmediato es una de estas adicciones de proceso, ¿por qué? Cuantos más recursos destinemos al sexo, más fácil es que esto vaya en detrimento de otras áreas de nuestras vidas (menos tiempo para los amigos, la carrera, la familia).
Una de las emociones que, con más frecuencia, los gays tratamos de superar buscando sexo de consumo rápido, es la soledad. En lugar de permitirnos sentirnos solos, salimos en busca de otros gays con los que tener breves encuentros que nos alivian la ansiedad de estar solos. Pero los encuentros son precisamente eso: breves. Y, una vez terminan, nos confirman que estamos solos. Y, de nuevo, se inicia el ciclo una y otra vez hasta el punto que llega a reunir todos los criterios de una adicción. Con ello, podemos observar la tremenda importancia que, para un hombre gay, tiene el aprender a manejar las propias emociones.
Cuando nuestra autoestima depende del sexo es muy frecuente que aparezca el temor (fobia incluso) al envejecimiento de manera que los esfuerzos por mantener una apariencia juvenil se convierte en una obsesión que, a menudo, ralla el patetismo. Por otro lado, utilizar a los demás como medio para la autovalidación conduce a la inautenticidad puesto que para poder acceder a hombres tan distintos entre sí (como suele ocurrir con los desconocidos), hemos de comportarnos como lo que no somos realmente. Las consecuencias de esto ya nos son conocidas.
Además del sexo, la pornografía, la comida, el juego, ir de fiesta, las drogas o las compras pueden servir de ejemplo de adicciones de proceso. Sólo hasta que el hombre gay desarrolla la capacidad de gestionar sus emociones y es capaz de conectar consigo mismo, puede pasar a la siguiente etapa del desarrollo de su identidad. Para ello, eso sí, será necesario atravesar otra crisis más: la crisis de significado.

Repasemos lo dicho hasta ahora: algo por lo que un hombre gay ha luchado tan duramente, la aceptación de su propia sexualidad, le ha conducido a una vida a menudo solitaria o en contacto con un montón de hombres tan heridos o más que él, y -desde luego- mucho menos enriquecedora de lo que hubiese deseado. Tanta lucha, entonces, ¿para qué? ¿Esto era ser gay? Aquí es donde aparece la crisis de significado y, resolverla, supone ser capaz de encontrar la autenticidad.
3.“Cultivando la autenticidad”
En primer lugar, cuando la vergüenza deja de ser el principal impulso en la vida de un hombre gay, se hace necesario deconstruir todas aquellas pautas que hemos desarrollado para afrontarla: sobrecompensación y evitación.
Esta etapa suele empezar con una vaga sensación de libertad y confusión, hemos iniciado un camino pero no tenemos muy claro hacia dónde. En esta etapa, el arquetipo del viajero (Ulises) se nos hace muy próximo y, por otro lado, es en esta etapa donde de nuevo surge el peligro de la “cancelación” o renuncia a continuar. Desde luego esta renuncia no tiene por qué ser permanente pero puede tomar un tiempo salir de la confusión. A menudo, muchos hombres gays hacen algo extraordinario en este punto de su desarrollo. Este es el momento de los “grandes cambios en la vida”, en lugar de permitirnos vivir una temporada en la confusión, queremos huir de ella lanzándonos a una nueva vida tras un “cambio radical”.
La otra forma de manera de solucionar esta etapa es la “resolución” y es un proceso mucho más lento pero más eficaz. La resolución es un proceso que comienza con el hombre gay aprendiendo a tolerar el estrés y la vergüenza por sus errores. Entonces empieza a autoaceptarse y a eliminar la vergüenza tóxica que antes le invadía. Empieza a tener la absoluta certeza de que, efectivamente, no es alguien execrable pero no desde lo teórico, sino desde la profunda identificación consigo mismo lo cual le genera un gran sentimiento de sosiego y respeto hacia sí mismo. Ha aprendido que es lo que es... tanto para bien como para mal. La rabia que tanto le inundó en épocas pasadas empieza a disiparse así como se diluyen todas las máscaras. Se acerca la libertad para conocer el contento consigo mismo.

En este momento comienza a sanar el trauma sentimental. Aprendemos qué significa ser un hombre y revisamos todos los modelos de masculinidad que existen, no sólo aquellos más populares en nuestro contexto. Aprendemos qué significa ser gay en un mundo predominantemente heterosexual.
Hemos crecido sin un modelo de relación afectiva con otro hombre. El resto de hombres homosexuales, y esto es muy importante, están igualmente heridos en sus afectos. Las cartas están echadas para que tengamos un fracaso sentimental. Un fracaso que nos roba la inocencia: ni nos hemos sentido amados por el hombre más importante de nuestra infancia (nuestro padre), ni encontramos el amor en otros hombres gays ¿es esto lo que nos esperaba? Dos hombres profundamente heridos no podrán jamás construir una relación sentimental sana. En esta etapa, comenzamos a reflexionar sobre el trauma sentimental que arrastramos. Es importante que recordemos dos puntos importantes sobre el trauma emocional: a) los recuerdos emocionales raramente pierden intensidad, y b) los recuerdos emocionales afectan poderosamente cómo percibimos los eventos afectivos del resto de nuestra vida. En la tercera etapa, aprendemos que nuestro trauma sentimental ha influido poderosamente en cómo hemos evaluado nuestras relaciones sentimentales a lo largo de nuestra vida. Es entonces cuando comenzamos a buscarle solución porque nos damos cuenta de lo difícil que nos resultará poder vivir el amor de manera satisfactoria hasta que no hayamos superado el trauma.
A este respecto conviene decir que hay cuatro fuentes fundamentales de trauma en los hombres gays: engaño, abuso, abandono y relaciones ambivalentes.

Engaño: “la epidemia más devastadora en el mundo gay sólo superada por el VIH”. El engaño es dolorosísimo pero su efecto más demoledor estriba en que genera “desesperanza sentimental”. Muchos gays se vanaglorian de haber alcanzado un estado mucho más allá de la búsqueda de una relación, de estar de vuelta del todo, incluyendo el amor. La desesperanza sentimental está realmente extendida entre la comunidad homosexual. Hay muchos gays, como aquellos de “queer nation” o “radical fairies” que sugieren que los gays no estamos hechos para comprometernos en relación sentimental alguna. Entre otras cosas, apuntan a que otras especies animales donde el macho nunca se queda con la hembra una vez la fecunda y afirman que los hombre estamos, genéticamente programados para ser “poliamorosos”. Sin embargo, cada vez que aparece estas afirmaciones en un gay, basta con rascar un poco para descubrir que tras todo ello lo que hay es un profundo desengaño y miedo al dolor a causa del amor. La única manera de salir de esta situación es la aceptación, asumir que el engaño es producto de las heridas del que nos ha engañado y no causa de nuestros errores, aprender en qué nos equivocamos para eligir el hombre inadecuado y no volver a cometerlos.
Abusos: muchos gays han sido abusados en algún momento de sus vidas. El abuso siempre supone aprender que el sexo es una relación de poder que puede derivar en la convicción de que el sexo será un modo de controlar a los demás. Por otro lado, por mucho que un joven pueda excitarse u tener una relación sexual, no está preparado psicológicamente para abordar las emociones y sentimientos que un encuentro sexual despierta. No hablemos, por otro lado, de la posibilidad de que se relacione sexo y violencia hasta el punto de que hay hay incapaces de tener una erección sin una determinada parafernalia o sin determinados actos de violencia.

Abandono: lo peor del abandono es que no permite cerrar el ciclo, el abandonado se queda con todas las preguntas sin contestar, confuso e indeciso a cerca de cómo seguir, y sin saber en qué se equivocó. Uno de los peores abandonos es el abandono emocional que se da incluso cuando la relación aún se mantiene físicamente. Uno de los miembros de la pareja se olvida del otro, no lo cuida, deja de atender sus necesidades y de apoyarlo. Pueden seguir conviviendo años juntos pero no son una auténtica pareja. El abandono emocional suele preceder a la ruptura.
Relaciones ambivalentes: son aquellas relaciones en las que uno de los miembros pasa de ser cariñoso y atento a frío e insensible en un modo impredecible, sin ningún tipo de razón ni motivo. El otro miembro no sabe qué hacer para que su relación funcione. Nada de lo que hace puede mejorar su relación. Se cuestiona su sentido de la realidad “¿lo que veo es real, son imaginaciones mías, soy capaz de valorar lo que ocurre objetivamente?” Muy a menudo, las relaciones ambivalente provocan desesperanza sentimental porque induce la creencia de que, haga lo que uno haga, no podrá influir positivamente en su relación sentimental.
Bien... y, finalmente, recorreremos el tramo final hacia el contento interior. El tramo en el que el hombre gay comienza a construir una vida de significado (sentido), propósito y satisfacción. Tres son los elementos que resultan imprescindibles y son reconocibles en todos aquellos (gays y no gays) que han alcanzado esta etapa de contento personal: pasión, amor e integridad.
Por pasión entendemos la experiencia repetida de gozo al hacer algo. Gozo es aquello que otros autores han definido como “flujo”, esa sensación de bienestar en la que el tiempo parece detenerse y nuestra concentración fluye en la tarea que estamos realizando sin que ésta nos suponga esfuerzo. Para muchos gays no supone el problema experimentar el gozo, sino el ser consciente de que está experimentando gozo. A menudo muchos gays no han desarrollado la capacidad de darse cuenta de que están experimentando gozo en algunas de las actividades que desarrollan en su vida cotidiana y buscan emociones fuertes de modo compulsivo. Para superar esto se aconseja ponernos en situaciones en las que estemos predispuestos a experimentar gozo (aquello que nos hace sentir bien, aquello que nos gusta), tomar consciencia de que estamos experimentando gozo y, por último, repetir aquellas conductas que nos proporcionan gozo. El gozo es fundamental porque, al contrario de la validación (aprobación) viene de nuestro interior, mientras que la aprobación depende de los demás. Desde luego no son opuestos y uno puede experimentar gozo en actividades que también nos traerán la aprobación de los demás.
Amor: a menudo, muchos hombres gays vivimos una situación descorazonadora al darnos cuenta de que nunca nos hemos sentido realmente amados en nuestras vidas. A menudo nos duele darnos cuenta de que hemos aceptado sucedáneos del amor o amor sólo en hombres que reunían unos requisitos previos de imagen, estilo de vida, etc. Cuando aprendemos a reconocer el gozo en nuestras vidas, empezamos a reconocer aquellos hombres en cuya compañía lo experimentamos. Entonces empezamos a descubrir que el amor nace hacia hombres que pueden no reunir un determinado listado de requisitos pero en cuya compañía sí experimentamos gozo (y ellos en nuestra compañía) y esto es todo lo que importa.

Integridad: un hombre gay debe hacer un esfuerzo consciente para mantener su integridad, aquello que hace que exterioriza aquello en lo que realmente cree. La integridad requiere que el hombre atienda a aquellos modos en los que podría estar negándose a sí mismo. Es el resultado final de todo nuestro trabajo interior porque viene a decir: “lo que soy es algo tan valioso que merece ser presentado al mundo tal cual es, sin disfraces ni engaños”.
(Texto de Gabriel J. Martín, basado en The Velvet Rage, Alan Downs)

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