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dilluns, 6 de febrer del 2017

WILGEFORTIS O LA INTERSEXUALIDAD EN EL SANTORAL CRISTIANO.


Según el santoral, Wilgefortis al llegar a la pubertad la obligaron a casarse con un un rey pagano, Rezó y rezó hasta que le salió barba. Su historia es muy parecida a la de santa Wilfrida de la que anteriormente os hablé.

Más informaciónhttp://leopoldest.blogspot.com.es/2010/09/santos-intersexuales.html

Santa Wilgefortis en el libro de horas de Maria de Borgonha

Todo indica que era hija del precepto romano de Lusitania, aunque las leyendas la pueden ubicar en otros lugares y el precepto lo llegan a señalar como el rey de Portugal. La joven se negó a tomar alimentos y vomitaba aquellos que por obligación le daban. Esta teoría habla de una santa virgen (Wilgefortis: virgo fortis) , mártir y anoréxica. 


Mural en Weissenburg, Baviera (Alemania), finales del siglo XIV / Manuscrito (1678) del Museo Municipal de Schwäbische Gmünd (Alemania). Milagro de zapato y el violín) (3)


La leyenda acaba con su crucifixión, lo que inició un proceso de veneración cristiana durante siglos. Podemos encontrar su imagen en muchos lugares, pero a pesar de esta devoción la iglesia católica no la reconoce en su santoral, oficialmente por no estar demostrada su existencia. De ser así muchos santos deberían abandonar este santoral. 


 Iglesia de San’Etienne, Beauvais (Francia)

Iglesia de San Nicolás, en Pas-de-Calais, (Francia)

La comunidad LGTB la considera "como la santa patrona de las personas intersexuales, una persona asexual, una persona con síndrome de ovario poliquístico o una 
poderosa vírgen lesbiana".(1)





Esta leyenda la podemos encontrar en Barcelona con la historia de la bella joven santa Múnia (2). Santa Liberata (Galicia o Sicilia), Uncumber (Inglaterra) o Librada en Castilla. La consideraron patrona de las mujeres mal casadas, aunque la iglesia no reconoce ninguna de ellas como santa.

En la Catedral de Santa María de Sigüenza se venera una imagen barroca de santa Librada sin barba y sin crucificar, también aparece crucificada.



En Bayona (Galicia) existe un santuario, «Santa Liberata», donde se venera una imagen de la santa. Desde hace varios siglos se dice que la santa fue martirizada allí.




El culto lo podemos encontrar en muchas poblaciones sudamericanas, en Perú, Argentina, México o Colombia.

Santa Librada de Riachuelo, Argentina / Santa Librada de Nuevo México

dimecres, 4 de març del 2015

TERESA-FLORENCI PLA, "LA PASTORA", VÍCTIMA DEL SENSACIONALISMO FRANQUISTA


Teresa Pla Meseguer, Florenci, nació en una humilde familia de pastores de Vallibona, en la comarca de Els Ports.  Sólo fue a la escuela quince días, pues su profesión de pastora / pastor no le dejaba más tiempo libre ni las burlas sobre su apariencia le eran cómodas.



"Al nacer, me inscribieron en el registro civil como mujer, porque ya desde el 
principio se dieron cuenta de que mis partes no eran normales y nadie sabía bien si 
era hombre o mujer. ‘Si es mujer no hará la mili. Si la ponemos como hombre la 
harán desnudarse para tallarla en el cuartel y se morirá de vergüenza de que la vean 
los demás, todos le dirán cosas.’” (Giménez Bartlett 2011: 83)  

Un problema genético de nacimiento planteó dudas a sus padres y optaron ponerle nombre femenino "Así no hará la mili". Aunque los niños y niñas se reían de él/ella "Teresot, qué tienes entre las piernas" su enorme fuerza física hacía que nadie se atreviera a decírselo cerca. En 1949 tras ser cruelmente humillada/o por la Guardia Civil se pasó al maquis y adoptó el nombre de Florenci, actuando como hombre y hablando de él en masculino.



La prensa sensacionalista, con Enrique Rubio al frente, de la época se cebó con Teresa/Fulgenci atribuyéndole las mas inimaginables aberraciones:

"La Pastora, la cruel mujer que durante seis años sembró el crimen y el terror desde la sierra de Caro, al frente de una partida de bandoleros conocida por Banda de los Siete."

La “monstruosa mujer… (que)… había encontrado la vida adecuada para saciar su patológica sed de crímenes”. En un “espectacular atraco, ella personalmente asesinó a un matrimonio y dos hijos, dejando herido a un tercero”. "Pastora, una mujer lesbiana de instintos criminales…”.

"Viva la Guardia Civil, que ha atrapado a La Pastora, mujer de malos instintos, fea y pecadora."


Enrique Rubio confeccionó y divulgó una leyenda amarilla a instancias de una propaganda oficial que necesitaba justificar muchos expedientes abiertos. A Florenci, por la singularidad de su sexo, le atribuyeron delitos que jamás cometió y le pusieron precio a su cabeza. La delación en Andorra de un contrabandista que le debía dinero, supuso su detención en 1960 por la policía andorrana y entregada a las autoridades españolas. Sería acusada de las muertes de veintiún guardias civiles, siete alcaldes y un ermitaño.




Fue juzgada y condenada a muerte, pero la pena de muerte le fue conmutada por la cadena perpetua. En el año 1977 fue amnistiado, uno de sus carceleros, Marino Vinuesa se conmovió y la contrató para que trabajara en sus tierras en Marines. Se trasladó, años después, a la provincia de Castellón donde murió en el año 2004. 

En 1988 era entrevistado por la revista "Tiempo", allí reconocía que jamás se había sentido mujer: "me sentía hombre, y que todos me vieran como mujer me hacía sufrir."

Teresa/Florenci fue una persona excepcional, fue un maquis pacífico que intentó huir del 
estigma social y del analfabetismo. Fue feliz mientras vagaba como pastora en los paisajes vastos con su rebaño. Aceptó la pena con serenidad y rehízo su vida tras conseguir la anhelada libertad. 

"Donde nadie te encuentre" (On ningú et trobi) de Alicia Giménez Barlett, premio Nadal 2011 narra la historia de Teresa Pla Meseguer, mas tarde "Teresot" para finalmente adoptar el nombre de Florenci.

divendres, 2 de desembre del 2011

INTERSEXUALIDAD (DSD) Guia para padres y madres


       

Los DSD (Disorders of the Sexual Development), antes llamados intersexualidad o hermafroditismo, son una situación relativamente frecuente con la que conviven el 0,018% de la población. Es una situación que, en principio, sólo tiene que ver con los genitales de vuestro bebé. Muchos padres y madres teméis que la sexualidad de vuestro bebé esté indefinida por tener un DSD pero lo cierto es que su sexo está muy claro aunque sus genitales –por sí solos- no os van a decir cuál es.



Para saber qué sexo tiene vuestro bebé, el equipo médico recurrirá a varias pruebas. A veces estas pruebas tardan unos días pero el resultado suele ser correcto en un 90%.



En esta guía os explicamos porqué se producen los DSD y os daremos unos consejos para afrontar esta situación.



¿PORQUÉ APARECEN LOS DSD?

Observa el gráfico y verás que tanto los genitales masculinos como los femeninos se desarrollan a partir de los mismos tejidos en el embrión. Este proceso de diferenciación depende de ciertos cromosomas, genes, hormonas, proteínas, receptores moleculares, etc. Al ser un proceso realmente complejo, es relativamente frecuente que ocurran variaciones. Estas variaciones accidentales son los DSD y, actualmente, tienen muy buen pronóstico.




Existen diferentes tipos de DSD como por ejemplo las Hiperplasias Suprarrenales Congénitas (CAH), el Síndrome de Morris, también llamado Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos y que puede ser completo (CAIS) o parcial (PAIS), así como también son un DSD las subvirilizaciones de los genitales externos masculinos (5-a-reductasa). Aunque casi todos suelen presentar un cierto grado de ambigüedad en la morfología de los genitales, las causas son diferentes y el modo de tratarlos variará de unos a otros. Las cirugías ayudan a desambigüar los genitales y se consigue un aspecto más estándar (cosmética genital) aunque la prioridad siempre será asegurar la funcionalidad. Por naturaleza, los genitales varían mucho de unas personas a otras sin que ello perjudique sus relaciones sexuales ni su vida social. No existen estándares absolutos.

¿CUÁL SUELE SER EL PROTOCOLO DE ACTUACIÓN?

Garantizar la vida de tu bebé. Algunos DSD pueden suponer una alteración de las funciones vitales puesto que el aparato urinario y el genital están muy relacionados. Lo primero es asegurarse que vuestro bebé vivirá.



Asegurar la funcionalidad.  A la hora de intervenir debe priorizarse que los genitales de vuestro bebé serán funcionales en el futuro. Un clítoris grande no tiene porqué suponer un problema. El problema sería que una intervención inadecuada le quitase sensibilidad. Que los testículos desciendan sí es necesario para poder garantizar que serán funcionales en el futuro. El aspecto cosmético no debe ser nunca una prioridad.

Calidad de vida futura. Preservar las gónadas y los tejidos necesarios para que vuestro bebé se desarrolle es importante. Que las operaciones se hagan poco a poco para poder garantizar que tengan éxito es importante. No os precipitéis. Pensad que de aquí a que vuestro bebé necesite sus genitales para algo distinto que hacer pis, quedan más de catorce años así que hay tiempo suficiente para hacer las cosas bien.

Que vuestro bebé decida. Todo aquello que no sea imprescindible para que vuestro bebé tenga calidad de vida en el futuro, es mejor dejarlo para cuando vuestro bebé sea una persona adulta. Los aspectos cosméticos de sus genitales son secundarios y debe ser vuestro bebé quien decida en el futuro si quiere (o no) intervenirse. Por increíble que te parezca, muchos adultos que nacimos con una intersexualidad (DSD) y no fuimos intervenidos tenemos vidas sexuales plenas y completamente satisfactorias. Los genitales son siempre una cuestión secundaria en las relaciones.



Aunque os parezca imposible, mantened la calma. Probablemente os estéis enterando ahora mismo de que existen unas “situaciones extrañas que se llaman DSD y que os ha tocado a vosotros”. Estáis en la misma situación que el 99% de los padres y madres de bebés con intersexualidad. Vuestro estado está causado más por el shock ante lo desconocido que por la gravedad real del DSD. A medida que conozcáis otros bebés, a otros padres y madres, a medida que tengáis más información, os iréis tranquilizando.



¿CÓMO DECÍRSELO A LA FAMILIA?

Como es natural, la familia y las amistades están esperando a que les digáis si habéis tenido un niño o una niña. En este momento se hace muy incómodo no saber qué contestar. Utilizad el criterio de la comodidad, eligiendo la forma de responder que más cómodos os haga sentir:

·          apagad los teléfonos y no contestéis a nadie (en estos momentos no necesitáis presiones añadidas y tenéis derecho a desconectar).

·          hablad abiertamente de que ha aparecido una intersexualidad y que es necesaria una exploración más profunda para poder conocer el sexo de vuestro bebé.

·          elegid con quién queréis hablar abiertamente y con quién no queréis hablar.




 
Hablar abiertamente sobre el DSD puede resultar complicado puesto que, evidentemente, no tenéis todas las respuestas. Admitirlo también libera de la presión. Es muy humano decir “no lo sabemos” o “eso no lo tenemos muy claro aún”. Es mejor no cargarse con la responsabilidad de ser vosotros quienes tranquilicéis a los demás cuando vosotros mismos estáis viviendo un momento de incertidumbre.



EL REGISTRO CIVIL

Inscribir a vuestro bebé puede ser un poco más complejo, pero no mucho más. La ley considera que debe hacerse en el plazo de 8 días, aunque este plazo puede ampliarse a 30 por una “justa causa” como un DSD. Para que estéis tranquilos, podéis ir al Registro Civil con un informe médico y preguntadlo. En 30 días es muy posible que tengáis suficientes datos como para saber de qué sexo es vuestro bebé. Por otra parte, y por curioso que os parezca, hace décadas que la legislación  prevé que pueden darse casos de intersexualidad así que, si en el futuro vuestro bebé os anuncia que no se siente del sexo que le fue asignado, el reglamento del Registro Civil permitirá la rectificación de la inscripción con un trámite relativamente sencillo.



Algunas familias optan por nombres neutros como Álex, Leo o Andrea para ponérselos a sus bebés nacidos con un DSD. No tenéis porqué ceñiros a esta regla. La elección del nombre es algo muy personal y que suele ir acompañado de mucho afecto, así que no os sintáis obligados a trastocarlo todo de repente. Con un buen diagnóstico es muy probable que el nombre que le pongáis sea definitivo. Y si no, ¡tampoco pasa nada!



CON VUESTRO BEBÉ

No hay nada peor que crecer percibiendo que “hay algo en ti que es muy malo y que debes esconder”. Si vivís el DSD de vuestro bebé como un tabú del que sólo se habla con eufemismos y sobre el que se prefiere evitar la conversación o mostrar a escondidas, es posible que vuestro bebé lo acuse en la imagen que tenga de sí mismo/a y que afecte a su autoestima. Hay muchos bebés, niños y niñas con características extraordinarias: peso, estatura, color. Algunos/as llevan gafas, otros/as ortopedias, cada cual tiene su particularidad. Pensad que tener una inteligencia superdotada también es algo extraordinario y que muchos/as niños/as se sienten marginados/as por algo que a los adultos nos parece un don.



Lo único importante es que vuestro bebé sienta vuestro amor, vuestro apoyo y el orgullo que sentís de haberle tenido. Así crecerá emocionalmente equilibrado/a y se convertirá en un adulto capaz de afrontar y solventar cualquier cosa.



TENED EN CUENTA POR TANTO:

·          Si quieres más información, existe un documento (el “Consensus Statment on the Management of Intersex Disorders”) que es el referente internacional sobre cómo actuar.

·          Piensa que mientras se asegure su salud, todo lo demás es secundario y tiene solución. Lo que hoy parece imposible, dentro de cinco años será algo cotidiano.








Puedes obtener más información:

900 601 601 (900ROSA)
Área de Identidad Sexual de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Catalunya (cogailes@cogailes.org)


Puedes ponerte en contacto con otras personas nacidas con DSD:
Síndrome de Insensibilidad a los Andrógenos (www.grapsia.org)
Gabriel J. Martín (gabriel.kbl@gmail.com)

  (Publicación realizada gracias al apoyo de Secretaría de Familia de la Conselleria de Benestar Social i Família de la Generalitat, textos Gabriel j. Martín, ilustraciones Albert Boté )


dijous, 24 de novembre del 2011

LA APASIONANTE HISTORIA DE ELENA/O DE CESPEDES

EL doctor Emilio Maganto Pavón publicó en el 2010 "El proceso inquisitorial contra Elena/o de Céspedes (1587-1588) Biografía de una cirujana transexual del siglo XVI".Casualmente se encontró esta apasionante historia indagando en los juicios de la inquisición. Mas tarde Agustín Sánchez Vidal novelaba esta historia en su obra "Esclava de nadie".

Esta casualidad nos ha permitido  conocer la increíble existencia de este personaje que alcanzó una enorme notoriedad en el siglo XVI. Cuatro siglos después, cuando la legislación española reconoce los derechos de homosexuales a contraer matrimonio, e incluso, algunas comunidades incluyen entre sus prestaciones sociales el cambio de sexo, no deja de sorprender las cualidades de este personaje que, aún naciendo con un cuerpo de mujer y siendo además  esclava,que sintiéndose hombre en una sociedad tremendamente represiva, fue capaz de sobrevivir, e incluso, triunfar ejerciendo oficios que en aquella época eran exclusivos del varón.


Fue sastre y cirujano en tiempos que esto estaba prohibido para alguien a quien la sociedad consideraba mujer. Desafió a los tribunales civiles y a la misma Inquisición,  ante los que desarrolló su autodefensa basada en su supuesto caso de "hermafroditismo". 

Gracias a las investigaciones del urólogo, Emilio Maganto, también hemos conocido la aplicación de las penas y el revuelo que se formó por los distintos hospitales por los que desfiló esta persona transgresora y de dotes excepcionales.

Francisco Díaz, célebre cirujano de Felipe II, quien en su primer informe de 1586 certifica que era hombre y "que tenía su miembro genital bastante y perfecto con sus testículos, como cualquier hombre y que junto al ano tenía una manera de arrugación que no parecía natura". Sin embargo, cuando los contraexpertos del Santo Oficio (médicos, cirujanos y matronas) indican que "le vieron sus tetas y le metieron una candelilla por su natura" el cirujano tuvo que retractarse y justificó que su error "debió ser por una ilusión del demonio por las malas artes y embustes de la malaventurada mujer". A este respecto el doctor Maganto señala que aunque es posible que su nombradía tras el juicio quedara muy mermada, cuatro siglos después hay que reconocer en su disculpa que quizás Francisco Díaz tuviera en parte razón pues "en realidad Elena/o de Céspedes podría ser un transexual masculino, o sea una mujer que mentalmente tiene la convicción de pertenecer al sexo contrario y se ve atrapada en un cuerpo femenino" (Indica Emilio Maganto, urólogo). Creo se olvida de la posibilidad de que se tratara de un caso de intersexualidad, simplemente.


Elena de Céspedes, la primera mujer titulada como cirujana en la historia de España. Hoy sigue despertando el interés de los especialistas cuatro siglos después. Su trama del "hermafroditismo" en el juicio inquisitorial, la hipótesis de un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer con el que no sólo no se siente a gusto sino que le provoca rechazo, su posible estado intersexual y sentimiento de ambigüedad cobran sentido a la luz de los nuevos tiempos y de los descubrimientos de la Medicina y la Psicología. 

Según este trabajo, Elena de Céspedes fue mulata, hija de esclava africana. Incluso le marcaron la cara con hierros para que no se olvidara de a quién pertenecía. Vivió en Alhama de Granada, un enclave estratégico porque era por donde pasaba el camino desde Granada capital hasta Málaga, de manera que Alhama era un reducto en el que hay una guerra permanente y en el que los moriscos están muy vigilados. Además de parecer morisca y ser esclava, cuando da a luz a su primer hijo, se produce un cambio en su cuerpo muy fuerte. Ella dice que a la vez que parió un niño parió un pene. A partir de este hecho, comienza a tener relaciones con mujeres.

Después se traslada Madrid en 1576 trabajó con un cirujano del que aprendió el oficio y llegó a convertirse en la primera mujer titulada de la historia de la Medicina. Se casó con María del Caño, con la que vivió durante un año en la localidad toledana de Yepes. Fue denunciada por haberse casado con otra mujer y de bigamia, por lo que sufrió un proceso civil y posteriormente por el Santo Oficio de Toledo «por desprecio al matrimonio y tener pacto con el demonio». Tras un largo proceso, fue condenada a 200 azotes y a trabajar durante diez años, sin sueldo, en una enfermería. Su popularidad fue tan grande que tuvo que ser trasladada a otros centros hospitalarios.



Mas información:

http://www.metodografico.com/elena.htm
http://www.paradisweb.org/foro/showthread.php?4242-Esclava-de-nadie-Agust%EDn-S%E1nchez-Vidal

dilluns, 6 de juny del 2011

TERESOT,.. DONDE NADIE TE ENCUENTRE.

Estoy leyendo estos días "Donde nadie te encuentre" (On ningú et trobi) de Alicia Giménez Barlett, premio Nadal 2011. En él nos narra la historia de Teresa Pla Meseguer, mas tarde "Teresot" para finalmente adoptar el nombre de Fulgencio. Destino ofrece las dos versiones en castellano y catalán, esta segunda añade toda la riqueza de los dialectos de Els Ports o el Maestat.


Un psiquiatra francés y un cínico periodista colaborador de La Vanguardia recorren pueblos y masías en busca del mítico maquis, al que atribuyeron crímenes que jamás cometió. Con cierto toque de humor nos presenta este asfixiante mundo de la dictadura franquista durante los años 50. Un mundo donde el miedo imperaba junto a la corrupción y la ausencia de los mas elementales derechos humanos.

Un problema genético de nacimiento planteó dudas a sus padres y optaron ponerle nombre femenino "Así no hará la mili". Aunque los niños y niñas se reían de él/ella "Teresot, qué tienes entre las piernas" su fuerza hacía que nadie se atreviera a decírselo cerca. En 1949 tras ser cruelmente humillada por la Guardia Civil se pasó al maquis y adoptó el nombre de Fulgencio, actuando como hombre y hablando de él en masculino.



No voy a entrar a contaros la historia, pues lo que hago es recomendaros su lectura en cualquiera de sus dos diversiones, seguro que no os defraudará, la historia de Teresa, Fulgencio Pla Meseguer alias Teresot, la Pastora, maquis con el sobrenombre de Durruti.

dijous, 17 de març del 2011

LA AMBIGUA SEXUALIDAD DEL FARAON AKHENATON.

Los faraones egipcios eran representados de forma idealizada, en contraste con la representación de las clases mas populares que si tenían un tratamiento claramente realista, como es el caso del Escriba sentado (2500 a JC) del Louvre.  La dignidad divina del Rey de Reyes no permitía una representación en que mostrase el mas mínimo defecto.

Pero este no es el caso de las representaciones de Akhenatón, que aparece con rasgos evidentemente femeninos. El faraón AKHENATHON era representado a menudo en las pinturas, grabados y estatuas, con caderas anchas y pechos femeninos. Una representación realista que contrasta con la de sus antecesores y que no volverá a repetirse.

Museo Egipcio de El Cairo.
Algunos investigadores atribuyen estos detalles a un intento de su reinado hacia la unificación de lo masculino y lo femenino, propio de un culto monoteísta. Otros sugieren que se trata de una indicación de un desorden glandular, suponen que Akhenaton pudo ser "hermafrodita" (en realidad deberian hablar de supuesta intersexualidad). Posiblemente concurrían ambos elementos: un cuerpo masculino con rasgos femeninos le acercaba a la nueva divinidad Atón, un dios bisexual padre y madre de todas las cosas. Por otra parte, también hay representaciones de Akhenaton acariciando a su ahijado Smekhare, lo cual podría indicar una relación homoerótica.

Akhenaton permitió la prostitución masculina y femenina en los templos. Incluso en algunos casos permitió que estos recibieran  un salario regular de las arcas públicas, los prostitutos acostumbraban a ser esclavos sexuales. La costumbre se extendió por todo Oriente, incluido Israel. El Deuteronómio habla de esta presencia en los templos judios.


Algunos investigadores sugieren que Smenhkare, el ahijado de Akhenaton, pudo haberse convertido en Nefertiti, asumiendo este nuevo nombre una vez muerto el faraón. No obstante, esta explicación no encaja con las uniones posteriores de Smenhkare, aunque explica las representaciones deafecto entre el faraón y su ahijado. Tras la muerte Smenhkare, tomó las riendas de Egipto, el denominado “rey niño”, Tuthankamon, que fallecería a los 18 años, presumiblemente asesinado. .

Museo Egipcio de El Cairo.

dimarts, 7 de desembre del 2010

ARMARIOS DE CELOSÍA.

Esta mañana de diciembre me he encontrado con una grata sorpresa, Gabriel J. Matín ha creado un blog. "Armarios de celosía". Él mismo nos cuenta sus objetivos: "Sólo pretendo hacer un poquito de "pedagogía social" sobre la intersexualidad, explicando qué es, narrándolo en primera persona, con la perspectiva que proporciona haber vivido una experiencia así."

Gabriel J. Martín al nacer fue "clasificado como niña" con el nombre de Patricia, "hasta pasados los dieciséis años, no supe que yo era el hombre que siempre había sospechado", a partir de este momento pasó a llamarse Gabriel.

Hoy es el Coordinador de Proyectos de la Coordinadora Gai-Lesbiana de Catalunya, dirige también el teléfono de información 900 601 601 (900 Rosa) y organiza los cursos de formación: http://leopoldest.blogspot.com/2010/11/el-900rosa-un-testimoni-viu-de.html

Os invito a apuntaros a este nuevo blog:
http://armariosdecelosia.blogspot.com/

Ajunto el primer capitulo de su blog:


              CAPÍTULO 1

Yo no quería ser un héroe. A menudo pienso que, si me lo hubiesen consultado antes, yo hubiera rechazado la oferta. Pero la vida no pregunta y, como le tenía que tocar a uno de cada diez millones de varones nacidos vivos, me tocó a mí. Y así fue como sucedió todo.

Debían ser las dos de la madrugada. Fuera, en la calle, el levante lo azotaba todo. Las bolsas de plástico volaban locas de un lado a otro. La humedad de la Isla dibujaba bajo la luz de las farolas un halo translúcido. Nadie paseaba para ver cómo los falsos plataneros sufrían por culpa del viento. Sólo yo los miraba con mi mente perdida en las consecuencias de lo que acababa de saber. Era una noche de octubre de mil novecientos ochenta y siete, aunque no recuerdo cuál de ellas exactamente. Sólo que fue la noche en que aprendí que la vida puede llegarte por sorpresa y ponerte todo tu mundo del revés. Y que, entonces, sólo nos queda atrevernos a continuar. si somos capaces.

Treinta, quizá cuarenta minutos antes, la página 377 de “El Libro de la Vida Sexual” de López Ibor me había explicado que yo, como muchos otros que aún no conocía, somos “individuos que, en el momento de nacer, fueron examinados superficialmente y clasificados como niñas, educándoseles como tales […] en realidad su constitución, su verdadero sexo es el masculino, y lo que ha fallado ha sido únicamente la formación de los genitales externos. Estos son los casos que, de forma sensacionalista, la prensa diaria clasifica como de mujer que se ha convertido en hombre, cuando en realidad no ha habido tal conversión”. Allí se le llamaba “pseudohermafroditismo masculino”, décadas después supe que su nombre actual es “intersexualidad”...
...a todo esto: me llamo Gabriel y, hasta pasados los dieciséis años, no supe que yo era el hombre que siempre había sospechado y no la adolescente llamada Patricia que todos decían que yo era.

Cuando yo nací, mis genitales externos no se habían formado por completo. Mi pene era muy pequeño, tanto que podía pasar por un clítoris. Mis testículos se habían quedado alojados en mis ingles y no descendieron al saco escrotal que, por otra parte, no existía. En su lugar había un hipospadias, que es como se llama a un agujerito por donde desemboca la uretra cuando no lo hace por el extremo del pene. En mi caso era un “hipospadias escrotal severo” y tan severo era que, analizado superficialmente, podía parecer una vagina. Con los años, cirugías y extensores, el pene me creció lo suficiente como para ser un pene pequeño porque, al final, llegué al médico tan tarde que apenas pudieron hacer nada ni por él, ni por el hipospadias. Es cierto que éste quedó algo más disimulado aunque sigo teniendo que sentarme a la hora de orinar. Tampoco me importa demasiado ya. Los genitales internos (próstata y vesículas seminales) estaban en perfecto estado y aún lo siguen estando.

Todo esto vino luego pero, aquella noche, yo no sabía ni que pensar. Ahora lo entendía todo aunque, cuanto más comprendía mi pasado, más confuso se me hacía el futuro. ¿Qué iba a hacer a partir de entonces? ¿Salir a la calle? ¿Gritarlo? ¿Vivir, de un día para otro, como siempre había querido? ¿A quién se lo diría primero? “A tus padres” supondrá cualquiera que lea esto. Pero nadie sabe que decírselo era impensable. Y, hasta mucho tiempo después, ni siquiera yo averigüé porqué.

Sí, ahora comprendía porqué me había salido barba y porqué me había crecido el pene. Y, naturalmente, porqué nunca tuve pechos ni me bajó la regla. Entendí porqué, desde pequeño siempre había querido jugar con los niños a juegos de niños. Me contaba mi madre que, cuando yo tenía un año y medio, me llevaron a una fiesta de reyes en el portaaviones donde servía mi padre. A los niños les dieron escopetas, a las niñas muñecas. Y me contaban que yo había tirado la muñeca que me habían regalado a mí y me había liado a puñetazos con el niño de al lado para quitarle su rifle.

Otra vez, con cuatro años (esto sí lo recordaba yo mismo), estábamos en el mercado mi madre, mi hermana pequeña y yo. Nos acercamos a un puesto donde vendían juguetes. Me acerqué y el señor que atendía me preguntó:
- ¿Qué quieres, guapa? (mi madre me vestía con faldas).
Y justo en el instante en que fui a extender el brazo para señalarla, mi madre se agachó para advertirme al oído:
- No me hagas pasar la vergüenza de pedir una pistola.
Así que obedecí y lo que señalé fue una inocua pelota de goma roja.

Yo siempre había tenido las hormonas revueltas, desde bien pequeñitobraguita del bikini mojada.
- Patri, ven, que te cambio el bikini para que estés sequita.
Y, cuando ya me tenía la braguita seca puesta, se fijó en un detalle de mi pubis que comentó con Eugenia, la vecina.
- ¿Has visto? Patri tiene pelitos en el pubis.
- Fermina, esto no es normal, yo he estado leyendo que esto puede ser de un problema hormonal, tendrías que llevar la niña al médico.
Cosa que mi madre, soltando tan rápido la tela para volver a taparme que el elástico me hizo daño al chocar contra mi cuerpo, zanjó rápidamente:
- Aquí no pasa nada y no hay que ir al médico.

Pero sí había que ir. Aunque yo, aquella noche en la que miraba los falsos plataneros desde la sala de estar, no sabía cuándo eso ocurriría. Acababa de caer en la cuenta de algo. Mi madre siempre lo había sospechado, probablemente hasta lo sabía (quizá no en toda su magnitud) y por esa razón, siempre había estado hipervigilante para impedir que ocurriera. Una tarde... una en que me atreví a abrirle mi alma y decirle parte de lo que me estaba pasando, ella me contestó:
- Yo, lo que no quiero, es que la gente te señale con el dedo cuando vayas por la calle: estudia, hazte una carrera, vete donde nadie te conozca y haz tu vida como a ti te dé la gana.

Era su miedo el que me iba a impedir ser yo mismo ¡Era su pavor y no el mío el que me desterraba lejos! Era esa voluntad suya la que me me iba a condenar a permanecer, día tras días, oyendo los insultos en el patio del instituto, la que me condenaba a que pegasen en las pizarras compresas con mi nombre escrito, la que me impedía ir a las fiestas por miedo a que -aprovechando la oscuridad de la discoteca- me llenasen la ropa de escupitajos. A seguir muriéndome de la vergüenza cada vez que tuviera que enseñar mi carnet de identidad. ¿Es que la gente no me señalaba ya lo suficiente con todos sus dedos?

Tendría que seguir vistiendo absurda ropa unisex... ¡y bragas! Sin poder comprarme ni calzoncillos, ni unos shorts para ir a la playa. Seguir teniendo que bañarme vestido en el mar si es que quería hacerlo, o quedarme en casa todo el verano. Sin ir a la piscina. Seguir tratando de evitar orinar en los baños públicos. Seguir afeitándome, a escondidas, una barba que ya no sabía cómo disimular.

Seguir queriendo acabar con mi vida. Hasta tal punto llegó aquel infierno sordo, hasta tal extremo el dolor y el trauma, que aún hoy -cuando ya tengo treinta y nueve años- cada vez que se aproximan el tren o el metro a la estación, me sigo imaginando arrojándome a las vías. Aún sigo recordando, aún sigo asociando en mi mente tren y muerte. No asocio los trenes a viajes, ni a búsquedas ni a encuentros. Tan intenso fue aquel suplicio que -quizá ya para siempre- cada vez que veo un tren, aún recuerdo aquellos años en los que yo pensaba: “si tuviese el valor para tirarme a su paso, todo terminaría de una vez por todas”. Años en los que yo sabía muy bien que sólo la muerte me hubiese rescatado de un tormento tan grande. El tormento de verme denigrado cada día, cada instante. No lo hice porque, qué irónico, pensar en el dolor que les dejaría a mis padres tras suicidarme me hacía sentir tan culpable que nunca me atreví.

La culpa, la vergüenza. Haber crecido sintiendo que algo abominable se escondía entre mis piernas, que mi cuerpo se me escapaba de las manos. Que sí: que mi cuerpo se desarrollaba hacia lo que siempre me sentí, que me estaba convirtiendo en el hombre que siempre me supe y aquel libro me había confirmado. Pero que daba igual porque, aquella noche de octubre, la vergüenza pesaba más sobre mi alma que todas las soluciones y alternativas posibles. La vergüenza de que mi cuerpo, a la vista de todos, me estuviese convirtiendo en ese monstruo de barraca de feria al que todos miraban y al que nadie, algún día cercano, se querría acercar. La vergüenza de haber crecido humillado. La vergüenza de haber crecido estigmatizado. La imposibilidad de dejar de sentir aquella cruel y mojada pena de mí mismo. No había nada que hacer y yo lo supe... aunque uno es capaz de percibir lo implícito en los que le rodean, uno no se atreve a sentir que ellos, explícitamente, se avergüencen de lo que uno es. Al menos, yo no. No me atrevería. Había llegado a una evidencia en un libro, había conseguido comprender qué me estaba ocurriendo, había sido capaz de poner entendimiento a todo mi pasado. Y, justo entonces, mi impotencia presente, me había borrado el futuro.

Hacerme consciente de ello hizo más negra la noche. Más áspera la amargura. Y el saberme sin arreglo.
- “No hay remedio pa mí”, susurré.

Me asomé a la ventana sin descorrer el cristal. En la calle los plátanos de indias se agitaban como tentáculos de anémonas. Cada racha de viento los empujaba en una dirección diferente, sacudiendo hojas y ramas unas contra otras. El tumulto se oía hasta con las ventanas cerradas. Un tumulto que siempre me sonó a esos platillos chillones del teatro kabuki. Y que siempre me enervó porque ese ruido de hojas golpeándose, a mí me daba que –también- anunciaba la llegada de algún peligro... aunque, en aquellos momentos, el corazón ya no podía encogérseme más. Observé los árboles al tiempo que deslizaba, lentas, las yemas de mis dedos sobre el cristal tan frío. Lo hice como si acariciase sus copas desde mi casa. Como si me diera mucha pena verlos estremecerse así. Como si quisiera consolarlos. Los veía zafarse de una racha de viento y tratar de erguirse, cuando, sin que pudieran evitarlo, otro golpe de aire los sacudía en cualquiera otra dirección. Ni podían mantenerse en pie, ni podían escapar. Ni sabían si, algún día, serían arrancados de cuajo. Tan sólo les quedaba aguantar y aguantar. Embate tras embate, atrapados en el mismo sitio. Eternamente.

Despegué los dedos de sobre el vidrio para secarme aquella lágrima, ¿qué otra cosa podía hacer sino llorar? Los libros están muy bien. Te ayudan a entender cosas y, algunos, hasta te cuentan historias de héroes que se enfrentan a naciones y ganan batallas.

Pero la realidad... ¿quién se enfrenta a la realidad?

CAPITULO 2

Por la calle Rosario abajo no se ven pasar coches, sólo gentes que se cruzan. En lugar de con adoquines, tiene el suelo enlosado con baldosines magentas y grises, que se entrelazan en diagonal. Cosas de la vida, viviendo en Barcelona volví a encontrarme esos mismos baldosines con la flor de cuatro pétalos en todas las aceras del Eixample. En Barcelona les llaman “panots”, en la Isla eran las losetas de la calle Rosario. La calle que, junto con el callejón Cróquer, más me gustaba de toda la Isla. En mil novecientos ochenta y siete cada portal de la calle Rosario era un comercio y los balcones colgaban, todos diferentes, a sus lados. Algunos con macetas, otros con cristaleras. Los había anchos, los había estrechos. Con barandillas blancas y barandillas negras. Pero todos con visillos. Visillos en los balcones, visillos en las ventanas, en los ventanucos, en los miradores. Visillos para que nadie sepa que le miras, para que nadie te descubra en la desnudez de tu chismosería. Había también visillos en los cierros... refinamiento isleño de la vigilancia entre vecinos. Los cierros son unos balcones acristalados, a ras de calle, desde los que uno podía observar, sin ser visto (y cómodo y bien sentado en la butaca de casa), a todo el que pasaba. Cada paseo, avenida, calle o callejón de la Isla, estaba lleno de cierros. Son típicos de allí.

Rosario comienza en calle Colón, un poco más abajo del convento de Capuchinas, pero no tan abajo como donde quedaba la Capitanía General (hoy Almirantazgo del Estrecho) y desemboca en la Plaza de la Iglesia, por la que pasa la calle Real. La calle Real es el tramo de carretera nacional IV que atraviesa la ciudad. La nacional se pavimentó sobre el trazado de una vía romana y, de hecho, los ocho kilómetros entre La Isla y Cádiz, se siguen llamando “Vía Augusta Julia”. Ocho kilómetros que, por cierto, comienzan en un puente, el del río Arillo. La Isla es una ciudad entre puentes, rodeada de mar y brazos de marisma. Por eso se llama así. Otro de los puentes, el Zuazo, es, en sí mismo, la salida este de la ciudad. Cuando la invasión de los franceses, los españoles lo derruyeron para detener la invasión... y lo lograron: los puentes en La Isla fueron siempre su defensa y su límite. Quizá también su encierro.

Aquella mañana habíamos amanecido La Isla sin levante y yo sin más lágrimas, con esa sensación que sólo una buena llantina puede proporcionarte. Como de homeostasis absoluta, de no haber diferencia entre tú y el afuera, como formando parte de la misma unidad cósmica, como integrado. Como harto de tripis, pero muy a gusto. Venía rumiando un acuerdo conmigo mismo ahora que tenía las emociones más calmadas tras el impacto de la noche anterior. Aún no podía pensar ni en plazos, ni en actuaciones concretas, pero sabía que -tardase lo que tardase- haría mi vida. Al fin y al cabo, ¿qué era lo peor que podía pasar? Tenía derecho a ser yo mismo. Me lo repetía una y otra vez mentalmente, remarcando la “o”.
- Tengo derecho a ser yo mismO... a ser yo mismO.

La mañana estaba siendo tierna, con un sol blando y el olor a marisma doblando las esquinas. Entonces me lo encontré de frente, a él y a sus colegas: Tomás Pablo. Guapo, pijo, hijo de un oficial de la Armada, (hijo de otras muchas cosas, para ser sinceros), autosuficiente, de vuelta de todo a los dieciséis años. Cabrón como él solo, se había reído de mí docenas de veces. Las mayores crueldades que me han dicho salieron siempre de su boca. Comenzó en el colegio y, ya en el instituto, tampoco había dejado de ofenderme. Pasó por mi lado, me miró de arriba a abajo. Me escupió su gesto de “vaya bicho más feo” y pasó de mí como de la mierda. “Menos mal”, pensé. Pero ni diez segundo más tarde, le oí gritar:
- ¡Maricón!

No podía ser a mí. A mí me gritaba otras cosas: “bollera, marimacho, torti...”, nunca me había llamado maricón. Me quedé inmóvil, como los insectos que se hacen los muertos. Me quedé quietecito y haciendo que no había oído nada, como si estuviese absorto mirando los galones y medallas del escaparate de la tienda “El Siglo” (siempre me paraba a ver los efectos militares que vendían allí... así que me mentí diciéndome que quería darles un vistazo, no esconderme).
- Maricón, ¿dónde vas con esa cara?

Me estaba insultando a mí. Siempre se metía con mi cara. ¿Me estaba llamando maricón? La bocacalle más cercana era la de la calle Ancha. Lo mejor sería subirla y desaparecer camino del cementerio... aunque al final no fue necesario porque, a los mismo dos segundos que tardé yo en elegir mi huida, una voz afeminada le respondió a Tomás Pablo, desde unos metros tras mi espalda.
- A comprarle un cuponsito a tu novia voy, gashó, ¿qué pasa?
Le había contestado ella, la Toñi, el primer “travesti con tetas” de la Isla (ella misma se definía así). Con su vestido rojo ajustado, las mechas rubias recogidas en una cola de caballo, la barba de dos días, los labios pintados y el bolso colgándole de la articulación del codo. Y el otro brazo en alto, con dos dedos apuntando al cielo como bailando flamenco. La mismisísima Pantoja.
- Eha, (Tomás Pablo tampoco se cortó) pues a ver si te toca y te puedes operar la cara de una vez.
Se recreó en tocarle las narices a la Toñi. Arqueó una ceja y sonrió de medio lado, subrayando quién era el más chulo allí. Los amigotes le aplaudían la frase con risotadas. La gente comenzó a apartarse hacia los lados de la calle Rosario.
- Mira, niñato, ¡se va a operar tu puta madre, que le hace más falta que a mí!
Tras de ella, los naranjos de la calle Ancha, delgados y firmes. Nada los cimbreaba. Cualquier cosa menos sumisos. Tomás Pablo no se alteró cuando le nombraron a la madre. Al contrario, como buen hijo de puta que era, disfrutaba de poder cabrear tanto a la Toñi. Así que, muy tranquilo y perdonándole la vida al travesti, apuntó su dedo en advertencia y le amenazó en un tono suave mafioso
- Cuidaíto con mi madre, que como te pases, te meto.
Y se lo puso a huevo a la Toñi:
- Eso quisieras tú, guapo, meterme algo a mí (y se regodeó en cada una de las sílabas siguientes)... que-te-co-noh-co.
Gozó de su momento, poniendo el brazo del bolso en jarra y levantando el otro hacia su barbilla, que apoyó (divina) sobre el dorso de la mano. Punto, set y partido. Los colegas de Tomás Pablo se partían el culo de la risa
- ¡Hostías, tío! ¡Qué guapa es tu novia, quillo! ¡Qué pedazo de pibón! ¡Preséntamela!
- ¡Irse al carajo to'l mundo ya! Tomás Pablo quedó fuera de sí repentinamente.
Una superviviente como la Toñi sabía muy bien dónde acertar con sus comentarios. Lo que no sabía hacer tan bien, era recibir los golpes. Y Tomás Pablo ya se le acercaba con el puño preparado.
- ¿Qué me estás llamando? ¿Eh? ¿Tú qué me estás llamando a mí?
La Toñi empezó a usar el bolso como defensa, atizándolo de un lado al otro.
- ¡Ah!, ¡Ah!, ¿Qué haseh, niñato?, ¿qué haseh?
- ¡Te voy a partir la cara, mariconazo! ¿Tú qué me estás llamando?
- Pos haberte callao, que yo estaba mu tranquila.
No me sale de los cojones. Ven pa'cá, que te voy a arreglar la cara.
- ¡Ah, ah, ah!, ¡que me pega!, ¡que me pega, coño!
Las gentes se apartaban, las madres arrastraban a sus hijos, por el brazo, calle arriba. Algún que otro chismoso se asomó a su cierro. Yo no sabía qué hacer. La hubiese defendido si yo no hubiese sido tan cobarde como era. O no hubiese tenido tanto miedo de ser el siguiente. Quizá a la Toñi nadie le había dicho que, si la insultaban, lo que tenía que hacer era callarse y quitarse de en medio por la primera bocacalle. A la Toñi la iban a hostiar... pero no tenía que vivir escondida. Tomás Pablo se le echó encima, sujetándola por el cuello con la mano zurda. No apretaba, pero la Toñi hacía aspavientos como de que sí.
- Suerta, suerta, que m'ahogah.
- ¿Qué me estás llamando? ¿Tú qué me estás llamando? ¡Te voy a reventar, maricón!
- ¡¡Suértame!!
Y sonaron un puñetazo de carne aplastada y un traspiés de tacones altos. La Toñi cayó al suelo tan larga como era. La gente gritaba: “chiquillo, déjala, ¡que te vas a buscar una ruina!”. Ahora me doy cuenta: aquel día, el orgullo de la Toñi podía ver los balcones desde arriba mientras, aquellas pobres gentes, nos revolcábamos en nuestra falta de luces. Porque nos parecía que lo “normal” era comprender y aconsejar al agresor, que lo “normal” era esconderse.
- ¿Que la deje? ¡Me está llamando maricón!
Desde el suelo, subió una queja:
- ¿Y tú qué m'estáh llamando a mí?
- Te llamo lo que me sale de los cojones, ¡maricón!
Iba a “rematarla” cuando sonó un silbato y todo se detuvo. Juan, de los policías locales, hacía señales para que el público se apartara.
- Dispersarse d'aquí. Venga, coño, que esto no es la feria, joé. Dispersarse d'aquí ya.
Le dijo a Tomás Pablo que se fuera a su casa. La Toñi, que trataba de levantarse conteniendo el temblor de sus piernas, protestó:
- M'ha pegao, Juan. ¿No te lo vah a llevar ar calaboso?
- Aquí no va nadie al calabozo, Toñi. Y tú callaíta que estás más guapa.
- Pero m'ha pegao una mascá y m'ha tirao ar suelo, ¡m'ha lastimao!
- ¿A que te llevo a ti?...y la calló.
Tomás Pablo y sus colegas se marcharon rumbo a la calle Colón. Igual se paraban a tomar algo en los recreativos de la esquina con San Rafael y reírse a cuenta de la que habían armado. La Toñi, mientras intentaba sosegar el temblor de sus piernas, se miraba el vestido por si se lo había manchado al caer. Y Juan la apremiaba para que se largara en dirección contraria a los niñatos.

Ella seguía reclamando en voz baja (supongo que por lo inútil de quejarse de viva voz):
- M'ha pegao, ese hijoputa m'ha pegao y se va pa su casa tan tranquilo.
Y subiendo en dirección a la calle Real, se cruzó con una madre y su niño. Al llegar a mi altura, el niño le preguntaba a la madre que porqué lloraba aquel señor del vestío colorao.
- Por , niño. Por .

Yo era un hombre. La Toñi decía que ella era una mujer. Y los dos estábamos igual de indefensos. Los naranjos no se cimbrean. Pero lloran. Ya no me cabía duda.

Me volví a mi casa, muertecito de miedo, a callarme durante una buena temporada. 
 
CAPITULO III

Llegué a la Plaza de la Iglesia, imagino que corriendo. Necesitaba huir. De mis miedos y de todo lo que acababa de ocurrir. Enfrente quedaba la parada de autobuses del cine Almirante, subí al primero que pasó. Pagué y me fui al espacio vacío que aquellos vehículos tenían al final. Desde allí podía mirar al cielo por la ventanilla, necesitaba aire y no ver nada ni nadie. Aire. Respiré. Cuatro minutos más tarde me di cuenta de que no había tomado ni el autobús de la línea uno, ni el de la dos, que eran los que acostumbraba a coger, sino el de la línea cuatro que, en aquellos años, era la línea que llegaba a la Casería de Ossio bordeando la ciudad por el noreste.

La Casería nació como barrio de pescadores, fue uno de los primeros asentamientos en el interior de la bahía de Cádiz. Luego llegaron los militares a fundar la Carraca, el Tercio Sur, el Real Observatorio, las Academias, los cuarteles, los campos de tiro y maniobras, la Capitanía, el Panteón de Marinos Ilustres y el Hospital Militar de San Carlos (donde nací) del que ya sólo quedaba el dintel de la puerta principal, conservado en una placita conmemorativa. Lo demolieron cuando, justo al lado, edificaron otro más moderno, de doce plantas y con todos los servicios. Coincidencias de la vida: la fecha del derribo fue mil novecientos ochenta y uno, el mismo año en que todos supimos que la democracia en España no tenía vuelta atrás. A aquella Isla en la que yo viví, la Historia le había dado una patada en el culo y la había arrojado a su dilución para que quedara cada vez menos de aquella Isla militarizada y catoliquísima, que tanto se resistía a admitir los sonidos, luces, aires y vidas nuevas que el presente del resto del país nos traía.

Siendo honestos, en aquellos años ya sólo quedaban del pasado los nombres y cuatro recuerdos, aunque también (y pesando mucho) las tradiciones... y las actitudes. Las actitudes de los que seguían influyendo, las actitudes que impedían al futuro atravesar el Zuazo... así que hablar de La Isla de los años ochenta del siglo veinte, es hablar de gentes antiguas y de privilegios: los privilegios que esta gente antigua no quería perder, los privilegios que nunca tuvieron las gentes sencillas del pueblo. Y, lo que era peor, también es hablar de cómo, y a costa de qué, se mantenían estos privilegios donde siempre habían estado. No hablo de privilegios económicos ni de poder (¡ya hubiesen querido los señoritos isleños llegar a tanto!) sino los privilegios de casta, de pertenecer a una buena familia, de no tener que dejar los estudios para ayudar en casa porque el trabajo de tu padre es precario, de que tu madre no limpie, friegue, planche, guise, cosa, barra y se sienta inferior por lo que venían a ser euro y medio la hora. Los que mantenían las diferencias entre isleños y cañaíllas a favor de los primeros pero que los segundos tampoco se mataban por cambiar. A veces, protestar cantando una letra satírica en carnavales, bastaba para el resto del año. Eso si, por un lado los isleños se encargaban de que te quedase muy claro que eras muy poca cosa y que por eso no pertenecías a su grupo. Por el otro, la ignorancia de los cañaíllas les compelía a atacar todo lo que fuese diferente. Entre unos y otros, no es difícil imaginar cómo nos fue a algunos en los años extra que tardaron la cultura, la tolerancia y el respeto en aparecer por La Isla.

Pero volviendo al autobús y por suerte para mí, a pesar de no haberme subido al habitual, la línea cuatro de autobuses también hacía parada cerca de mi casa, justo en la puerta de la salina de San Juan. Lo pensé ya casi pasando la Venta de Vargas: no me bajaría allí sino una parada más adelante, en la barriada Bazán, y caminaría unos metros hasta la entrada de otra de las salinas que por allí había, la de San Vicente.

Yo me inventé una Isla distinta y acogedora para mí en la que no vivía nadie, sólo yo. Una Isla que comenzaba donde lo hacían las salinas y que todavía guardaba el cariño de las marismas y de los salineros que se ganaban su vida, poniendo aguas a evaporarse al sol. Mi Isla comenzaba bajo el Puente de Hierro, el puente que daba acceso al Arsenal de la Carraca, en el extremo más interior de la Bahía de Cádiz. Allí estaba la dársena donde la flota podía guarecerse del enemigo y ser reparada. Lo que yo necesitaba.

El autobús se detuvo en su parada. Bajé, anduve los metros hasta la entrada de la (casi) abandonada salina de San Vicente y recorrí, entre cañas a mi izquierda y esteros a mi derecha, el sendero de tierra que acababa a tres metros del hormigón del basamento del puente, en la orilla del caño.

No hay río bajo el Puente de Hierro. No hay ríos en la Isla, sólo pozos de los que sacar el agua. O aljibes en los bajos de los patios, donde se acumulaba el agua de lluvia tal como se hacía cuando La Isla era romana. Pero no hay ríos allí. Incluso los que se apellidan “río”, no lo son. El río Arillo, el que separa La Isla de Cádiz, es en realidad un brazo de marisma. Y lo que navegaba bajo el Puente de Hierro también: el caño Zurraque. El mismo caño que pasa bajo el Zuazo, el puente tras el que comenzaba la tierra firme. A la que yo me iría cuando dejase de estar gobernado por la zozobra.

Siempre lo supe: “algún día cruzaré el Zuazo y La Isla quedará definitivamente a mi espalda”. Apenas pudiera lo haría. Porque, como me había dicho mi madre, sólo allí -donde nadie me conociese- podría ser yo mismO... hasta entonces, me debía conformar con sentarme a orillas del Zurraque, sobre el hormigón, para perder mi vista en las aguas de turmalina verde que emigraban hacia el sur, señalándome adónde se dirigían mis ganas de perderme.

El Zurraque resbala bajo los ojos del Zuazo, da vueltas y vueltas por las marismas, se bifurca y pierde uno de sus brazos que se convierte en “vueltas de periquillo”, donde los salineros estrechan los cauces de los caños para disminuirles el caudal y obligar al agua a evaporarse y dejar sobre el lecho casi seco, su costra de sal. Pero al otro brazo del Zurraque nadie le impidió jamás seguir descendiendo hasta encontrarse con el caño de Sancti Petri de forma que, ahora ya sí juntos, bajaban rectos hacia el sur, a desembocar en el Atlántico, justo frente al islote donde estuvo el templo fenicio de Melkart. Un templo que había sido fundado tres mil años antes. Antes incluso de que al héroe comenzasen a llamarle Hércules.

En el Museo Arqueológico de Cádiz, yo había visto las cosas maravillosas que los buceadores encontraron entre las ruinas sumergidas: las estatuas, los exvotos, los anillos, los perfumarios y los adornos para los vestidos. Y las monedas, acuñadas con Melkart cabalgando un caballito de mar. Los navegantes fenicios arrojaban monedas a un estanque del templo para hacer sus peticiones... yo pedía huir aunque no fuese a lomos, sino apenas sujeto por las yemas de mis dedos al extremo de la cola de un caballito de mar... y le pedí al Zurraque, por enésima vez, que llevase mi súplica al estanque desaparecido del templo:
- Quiero irme de aquí.

A veces se levantaba una racha de viento que limaba la superficie del caño y le arrancaba algunas espumas. Parecía una respuesta. Un si, un no. Un algo a lo que aferrarme en mi soledad. Mejor loco que abandonado. Pensaba, pensaba, pensaba...
- ¿Por qué tiene que ser todo tan difícil? ¿con quién me he metido yo para merecerme esto?

Y me puse a llorar durante no sé cuánto tiempo. Lloré pensando en la Toñi, en el puñetazo que le habían dado, en todos los que me dieron a mí, en cómo se rieron mis compañeros el primer día de instituto cuando en secretaría me pusieron “Patricio” en la lista de clase y la profesora no se creía que fuese “Patricia” cuando le pedí que lo rectificase. Lloré pensando en mi vida en el barrio, y en el colegio. En todas las veces que tenía que pasear solo por el patio, porque nadie quería jugar conmigo. En mis poemas, que nadie leería, donde escribía lo que no podía decir. En aquella soledad mía tan furiosa que me arrancaba las ilusiones una tras otra... en que nunca hubo nadie que hiciese nada por mí. En que, probablemente, así continuaría siendo.

Yo seguía llorando y maldiciendo mi existencia, perdido ya en un bucle obsesivo dentro del cual no hacía otra cosa que preguntarme a mí mismo el por qué de que me hubiese tenido que tocar a mí. Lloré, lloré, lloré, me puse de pie, salté por encima de todas la piedras que se despeñan hacia el curso del Zurraque, cogí algunas, las arrojé con furia contra el agua, contra el puente, contra las cañas de la vereda. Pensé en estrellarme alguna contra la frente pero no llegué a estar tan ido. Grité, maldije, me cagué en la puta madre del que eligió mi vida, solté mocos a chorros, gemí, chillé, chillé, chillé... y caí exhausto, de rodillas, con las palmas de mis manos sobre aquellas piedras cubiertas de algas. Caí al suelo, al final de la catarsis, liberado de mi angustia y de mi pánico. Caí con los pulmones tan abiertos y las fosas nasales tan despejadas que el olor a yodo penetró mi cerebro hasta la nuca. Y respiré tres grandes bocanadas. Y, al exhalar la tercera, comprendí mis propias palabras de respuesta:
- ¿Y por qué a otro?

La mañana seguía tierna, aunque ya era mediodía. El sol, que también seguía blando, brillaba en su momento más alto, allá en el sur. Desde el Puente de Hierro, se le veía sobrevolando el Zuazo, como un broche fosforescente colgado sobre un inmenso paño azul. Las pirámides de sal, erguidas por todas partes, parecían las patas del cielo. Otra ráfaga de aire limó el agua, salpicándolo todo de gotas que, atravesadas por la luz, me regalaron un arco iris momentáneo. Quizá sí fuese una respuesta.

¿Qué hubiese pasado si le hubiese tocado a otro? Sería otro el que hubiese tenido que soportar aquella gran putada y no yo. O no. Quizá a mí me hubiese ocurrido otra gran putada de los cientos de miles que nos pueden suceder. No tener brazos, o piernas, o quedarme en silla de ruedas. O perder la visión, o enfermar de leucemia, o necesitar diálisis. Cualquiera de todas las catástrofes del mundo me podía haber pasado a mí. Porque, como acababa de razonar, a todos nos toca algo. Y, en aquel momento de mis sólo dieciséis años, me conformé con aprender a sobrellevarlo.

Pensé en que me encantaría dejar de esconderme. Salir al mundo y decirles lo que había sucedido conmigo. Contarles que era un hombre y que, desde ese momento, debían tratarme como tal. Llamarme por el nombre que me hubiesen puesto mis padres al nacer si nada de aquello de mis genitales hubiese tenido lugar. Y levantar la cara. Levantarla mucho y plantarme delante de todos los “Tomás Pablos” de La Isla. Y que cuando vinieran a por mí me encontrasen, no como un naranjo, ni siquiera como una palmera, sino aún más alto y visible, como un fuego artificial. Y que si se les ocurría dañarme, iban a salir mucho más perjudicados que yo. Él y todos los demás que se atrevieran. Aún, eso sí, no se me pasaba por la cabeza cómo podría lograrlo. Imaginé que, estando tan perdido, lo mejor sería dejar que las cosas sucediesen solas porque nada estaba en mi mano y nada podía hacer más que dejarme llevar.

Y, por si acaso me escuchaban, pedí ayuda a los dioses. Metí la mano en el bolsillo derecho de mi pantalón y saqué varias monedas. Tomé una de veinte duros y guardé el resto. La apreté fuerte dentro de mi puño. Abrí la mano de nuevo y besé la moneda. Luego la sujeté con dos de mis dedos. Cerré los ojos, pedí: “que en mi carnet de identidad, ponga Gabriel José Martín Martín, sexo: varón” y lancé la pieza todo lo lejos que fui capaz. Oí el chapoteo que hizo al zambullirse en el caño. El Zurraque se la llevaría a Melkart-Hércules, el héroe valiente de los que buscan nuevos puertos.

Sería la una, o la una y algo. Pensé en volver a casa. Me habían vuelto las ganas de comer.