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divendres, 11 de març del 2016

QUIÉRETE MUCHO, MARICÓN



El pasado 10 de marzo se presentó en la Casa del Llibre de Barcelona el libro de Gabriel J. Martín, "Quiérete mucho, maricón". Un libro de 530 páginas, escritas con humor y rigor, como caracteriza su trabajo desde hace muchos años.




Gabriel J. Martín reside en Barcelona desde 1996, llegó a la ciudad el dia de Sant Jordi y se enamoró de ella. Nacido en San Fernando (Cádiz) en el 2008 comenzó a atender a hombres homosexuales en la desaparecida Coordinadora LGTB de Catalunya. Allí constató algo que él, como hombre gay, ya había comprobado por sí mismo: las problemáticas que sus pacientes vivían se distinguían significativamente de las que presentaban sus anteriores pacientes heterosexuales. Ello le llevó a especializarse en la la psicología gay afirmativa, una disciplina nueva aqui, pero de gran tradición en el mundo anglosajón.

Imagen por cortesía de Pedro Ruiz 


En la presentación intervinieron Jordi Petit, político y pionero en el activismo LGTB,  Pep Coll, investigador del IRSICAIXA sobre las vacunas contra el sida, i Jorge "Hidroboy" de la web "Estoy Bailando". Señalaron el rigor del trabajo y el magnífico uso del humor que ayuda, un libro que ayudará a vivir mejor y ser felices a muchos homosexuales. 


El título del libro, Quiérete mucho, maricón, es la expresión con la que Gabriel se despide al final de sus artículos y vídeos sobre psicología gay. Él mismo explica el por qué de este libro:

«Cuando dos gais nos decimos maricón, estamos usando una expresión que denota una realidad no explícita pero que ambos hablantes comprenden, una marca de complicidad: la que existe entre dos hombres que comparte las grandes líneas de sus biografías y que pueden entenderse mucho mejor entre ellos que con otros. También es una palabra que empleamos para estar por encima de su uso insultante, para señalar que ya no nos duelen las palabras sino las intenciones. “Maricón” es un término que usamos con frecuencia y con cariño. Así la empleo yo. Por eso he querido que esta frase sea el título de un libro que aspira, sino a dejar todas tus preguntas contestadas, al menos a darte muchas pistas para que dejes atrás tus limitaciones o problemas y te quieras mucho a ti mismo. He tratado de escribir un manual que puedas utilizar para lograr el éxito en la gestión de esas emociones y de todos esos procesos psicológicos que pudieran haberse visto impedidos o dificultados por culpa de haber sufrido homofobia. Quiero que no te sientas avergonzado en tu trabajo cuando te pregunten por tu vida personal, que seas asertivo sobre tu vida afectiva cuando lo hables con tu familia, que te sientas muy contento de ser quien eres. Por encima de todo éste es un manual sobre autoestima. Para que, queriéndote a ti mismo, puedas querer mejor a los demás y ser más feliz con ellos. Tanto como tú te mereces, maricón.»


Interesados en comprar el libro: http://www.rocalibros.com/roca-editorial/catalogo/Gabriel+J+Martin/Quierete+mucho+maricon

dissabte, 10 de març del 2012

LA HOMOFOBIA INTERIORIZADA

Psicólogo especializado en psicología del hombre gay y presidente de la asociación AFIRMA'T, para la revista GB del mes de Marzo, 2012.


La peor mentira es la que no se cuestiona. De eso va la homofobia interiorizada: de siglos de incomprensión y rechazo almacenados en tus propios esquemas mentales. Muy a menudo encuentro hombres profundamente deprimidos o llenos de ansiedad y temores provocados por una imagen distorsionada sobre ellos mismos: la homofobia interiorizada. Hombres que –en algún lugar profundo de sus mentes- están convencidos de que no merecen ser amados.

¿Eres de los que dicen cosas como “en el orgullo gay se da una imagen pésima de los homosexuales porque allí nada más que se ve carne y purpurina” pero nunca dicen “en el carnaval de Río de Janeiro se da una imagen pésima de los heterosexuales porque allí nada más que se ve carne y purpurina”? ¿Dices cosas como “en el ambiente nada más que hay alcohol, drogas y sexo” pero no te paras a pensar que en la noche, en general, es fácil encontrar todo tipo de sustancias y gente buscando sexo, también en las discotecas hetero?


¿Te pones tenso cuando se trata de hablar de tu homosexualidad con, por ejemplo, los compañeros del trabajo? ¿Sostienes posturas radicales en contra de todo lo que sea visibilizarse y te escudas en argumentos sobre la intimidad al estilo de “los heterosexuales no lo van diciendo por todas partes”? (ver nota final).


¿Estás dolorosamente convencido que es imposible encontrar un hombre sano y cuerdo que llegue a quererte porque, los maricones, somos todos unos superficiales y unos promiscuos? ¿Estás convencido de que -en efecto- tu experiencia (y la de tus amigos) así lo demuestra?

¿Te aferras a relaciones que no van a ningún sitio porque una vocecita en tu mente te dice “¡pesca aunque sea a éste para no quedarte solo!”? ¿Te sientes poco válido, avergonzado, te cuesta relacionarte, tienes pavor a que los demás te juzguen? ¿Estás a la defensiva por temor a ser castigado o amonestado? ¿Piensas cosas como “a la gente hay que pararle los pies, que si no se propasa”?


Probablemente tengas homofobia interiorizada.





¿Homofobia interio-qué?

Una definición breve de homofobia interiorizada sería “la aversión que experimenta un homosexual hacia su propia homosexualidad y/o hacia la manifestación abierta de ésta” pero para comprender bien el concepto, debemos ampliar esta definición mucho más.

Así, la homofobia interiorizada es “un entramado de representaciones mentales (que incluye desde creencias nucleares hasta distorsiones cognitivas) presente en una persona homosexual, según el cual la homosexualidad se valora sistemáticamente en inferioridad respecto de la heterosexualidad. La homofobia interiorizada se manifiesta en sentimientos de vergüenza y culpa así como en una respuesta de ansiedad ante situaciones en las que la persona deba manifestar directa o indirectamente su homosexualidad. Para sortear esta ansiedad, la persona homosexual tenderá a evitar estas situaciones incluso con perjuicio de posibles relaciones sociales y/o sentimentales. La homofobia interiorizada cursa paralela a una baja autoestima y a un autoconcepto desorganizado, existiendo probablemente una relación causal biunívoca entre homofobia interiorizada y autoestima (y autoconcepto). En relación a los juicios sociales, la homofobia interiorizada suele traducirse en pensamientos de tipo “todo o nada” acerca de los demás homosexuales, pensamientos que acostumbran a basarse en prejuicios que el propio homosexual no ha conseguido contraargumentar. Esta última característica suele ser uno de los principales impedimentos para que la persona homosexual elabore una adecuada red social con otros homosexuales”.


Y, seguramente, me estoy dejando cosas en el tintero (J). Voy a explicar mejor los puntos más importantes y así podrás elaborarte una idea más exacta de qué es la homofobia interiorizada


Comenzaré por el entramado de representaciones internas. Todos los seres humanos tenemos representaciones mentales del mundo que nos rodea. Si digo “silla” se te viene la imagen de una silla a la mente, ésa es una representación mental. Pero también te acude el esquema “mueble, sentarse, asiento, respaldo, patas”, eso también es una representación mental (o interna). Todos hemos interiorizado una representación mental de la “homosexualidad” y el “homosexual” pero –a veces- en esos esquemas mentales aparecen conceptos como “promiscuos, enfermos, ocultar, vergüenza etc.” que distorsionan nuestra idea de la homosexualidad y de los homosexuales. Estas ideas distorsionadas son parte de la homofobia interiorizada.

       Si tienes una idea distorsionada acerca de la homosexualidad y tú eres homosexual, la propiedad transitiva[1] nos dice que, entonces, tú tienes una idea distorsionada de ti mismo. Igual no has caído en esto pero está ahí: si eres homosexual es difícil que separes lo que piensas de los homosexuales respecto de lo que piensas de ti mismo. La forma más habitual de ser consciente de esta autoimagen (autoconcepto) distorsionada son los problemas de autoestima. Al fin y al cabo ¿cómo vas a querer a alguien que es malo aunque ese “alguien malo” seas tú mismo? Eso se traduce en cosas como no saber ser asertivo ya que ¿cómo vas a defender con firmeza la posición de alguien que, en el fondo, tampoco es “tan bueno”? La vergüenza y la culpa son emociones sociales que se sienten cuando haces algo que, socialmente, no es considerado correcto. Si se trata de sentirte mal por haber insultado a alguien, está bien sentirse un poco culpable. Si el avergonzamiento surge de la interiorización de un prejuicio, como aquellos que se tienen contra la homosexualidad, hablamos de homofobia interiorizada. Como ves, una representación mental puede condicionarte más de lo que imaginas.
      
Si tienes mucha homofobia interiorizada y te avergüenzas mucho de ser homosexual, tenderás a evitar que se te identifique como gay rebelándote contra la “etiqueta”, lo que no servirá más que para crearte la sensación de estar perdido y sentir más confusión mental. Además, como evitarás moverte por lugares gais abiertos (bares, asociaciones, fiestas) y tenderás a relacionarte en espacios estrictamente privados (cruising o por medio de chats) te verás “confirmado” en tus prejuicios sobre los gais (“sólo quieren follar y punto”) y, lo que es peor, eso mismo te impedirá establecer vínculos realmente profundos con otros gais de forma que permanecerás sin red social. Permanecerás sin otros gais en los que apoyarte y con los que poder compartir experiencias personales. Todos los modelos sobre el desarrollo psicoemocional de los hombres homosexuales coinciden en afirmar que los gais atravesamos una etapa en la que necesitamos relacionarnos con otros gais para poder construir una emocionalidad sana (ver referencias).


Una de las características de esta distorsión que es la homofobia interiorizada es la de que se tiende a hacer juicios de tipo “todo o nada”, o del tipo “siempre/nunca” que ¡evidentemente! no pueden ser ciertos porque –en el ser humano- las cosas suelen tener matices siempre. De hecho, este tipo de pensamiento es anterior a la homofobia. Si en tu entorno acostumbran a hacer juicios de este tipo, si tus padres tenían “esquemas de pensamientos rígidos” donde todo era “o blanco o negro” es normal que los juicios sobre los homosexuales también lo fuesen. Son esos juicios y razonamientos radicales los que tú has ido interioriando.





¿Por qué interiorizamos la homofobia?

Porque estamos indefensos ante ella. Es así de sencillo. Estamos oyendo mensajes homofóbicos cuando aún nuestra mente no está madura para defenderse haciendo uso del pensamiento crítico ni es capaz de contraargumentar las afirmaciones que se hacen. Fíjate en la figura 1, es una representación de la tarea de conservación, un “clásico” de los experimentos con niños. Se pone al niño delante de los vasos. En los vasos A y B hay la misma cantidad de agua y el niño lo está viendo. Ahora cambiamos el agua del vaso B al vaso C. Como éste es más estrecho, el agua sube a más altura. El volumen de agua es el mismo y la disminución de anchura en la base del vaso se compensa con un incremento en la altura a la que llega el agua. Una mente adulta sabe que el agua no aparece de forma mágica y que, por tanto, en ambos vasos hay la misma cantidad. Pero un niño pequeño (hasta los 7 u 8 años más o menos) se guía por la información inmediata, no realiza inferencias. Tampoco dice “el agua no puede haber surgido de la nada” ni razona sobre que, además de la altura, la anchura del recipiente está influyendo en lo que presencia. Un niño pequeño mira el vaso C, mira el vaso A, ve que en el vaso C llega el agua a más altura y dice “hay más agua en el C”… ¡y se queda tan ancho!


       Pues algo parecido sucede con los pensamientos que interiorizas. Cuando eres un crío no tienes ni argumentario ni capacidad crítica. No contestas: “¿Cómo que no es natural la homosexualidad? ¡hay homosexualidad en 1500 especies animales además de en la nuestra!” Simplemente, en lugar de eso, te crees lo que te dicen y comienzas a verte a ti mismo como algo desviado, fuera de lo normal, una anomalía frente a lo que es “natural”. Cuando eres pequeño te crees que dos papis y un negrazo, montados en camellos, reparten juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche. Creer que “ser homosexual es una anomalía” no es muy diferente de creer que “los reyes magos existen”.


Los niños absorben lo que se les dice sin filtrarlo y gracias a ello adquieren un montón de conocimientos útiles y necesarios en muy poco tiempo mediante el aprendizaje por imitación (¿no has oído eso de “los niños son loros que lo repiten todo”?). Aprendemos rápidamente pero, también gracias a eso, incorporamos los prejuicios (incluso aquellos que están dirigidos contra nosotros mismos).

Los niños primero adoptan los valores de su núcleo familiar sin discutirlos y luego hacen lo mismo con los valores de su grupo de iguales (colegio, instituto). Sólo cuando nos hacemos adultos y desarrollamos la capacidad de pensar de forma crítica, independiente y autónoma, podemos ser capaces de evitar interiorizar los prejuicios sociales. Hasta entonces hemos sido vulnerables a su interiorización.


Por último, recuerda lo que te he dicho antes sobre los conceptos: silla= asiento, patas, respaldo, mueble. Ahora ponte en el lugar de una niña que ha visto maltrato en su casa y ha interiorizado el esquema “matrimonio= mi padre, mi madre, insultos, perdón”, ¿cómo crees que actuará si, en el futuro, su novio la insulta? Es probable que asuma que los insultos forman parte de una relación y perdone. Ahora piensa cómo es el esquema que has interiorizado sobre la homosexualidad y pregúntate ¿para qué tipo de vida me prepara este esquema? ¿Para ser querido o para ser rechazado? Si tu esquema es un esquema distorsionado, la vida para la que te preparará no será una vida agradable. Y tú te mereces algo mejor.








Los príncipes azules no son zoofílicos.


Superar nuestra homofobia interiorizada es importantísimo porque hay algo muchísimo peor que rabiar contra la carnaza en el Orgullo o decir que los “maricones solemos ser un poco guarras”. Lo peor de todo es estar convencido interiormente de que eres algo tan horrible y malo que jamás merecerías ser amado. Estar convencido de que tu destino final es quedarte solo porque jamás-nunca-nadie podría amar a alguien como tú. Y que estés tan profundamente convencido de ello que ni tú seas consciente de ello, de tan enterrado como están estos pensamientos en las honduras de tu mente. Puede ser por culpa de la homofobia interiorizada que nunca aspires a lo bueno, que siempre te conformes con lo que sea, que vivas insatisfecho de tu vida y, a la vez, desesperanzado e incrédulo ante la idea de que puedas cambiar nada.

       En mis artículos repito mucho eso de “no te conformes con nada que no sean fuegos artificiales” y cosas por el estilo. Con ello no me estoy refiriendo a que esperes a que Hugh Jackman se te declare, sino a que no te aferres a una relación que te hace sufrir sólo por miedo a la soledad. No  es que te vuelvas una diva, es que mejores tu autoestima. Sólo a eso me refiero.


       Cuando estamos mal, a menudo, esperamos que llegue el “amor redentor” que nos saque de nuestra vida triste, de nuestros miedos, de nuestros esquemas distorsionados y de nuestra incapacidad para disfrutar. Crees que él llegará y, con su sola presencia, transformará tu existencia en algo maravilloso. Es la analogía que se expresa con la historia del beso de la princesa (príncipe en nuestro caso) que transforma el sapo en alteza real. No te engañes: los príncipes azules nunca besan sapos. Si quieres a tu lado un hombre con la cabeza bien amueblada y su puñadito de defectos y virtudes, amuebla tu cabeza tú también y supera tus esquemas distorsionados. No podrás tener relaciones equilibradas (ni sentimentales, ni sociales, ni laborales, ni familiares) si el desequilibrado eres tú. Es así de simple.


       Superar la homofobia interiorizada es un camino de tres pasos: 1) detectar las distorsiones que has interiorizado sobre la homosexualidad, 2) hacerte consciente de las limitaciones que ellas te suponen y 3) afrontar la ansiedad que te genera atreverte a superarlas.


En la terapia sobre homofobia interiorizada de un paciente suelo comenzar por evaluar su comportamiento. Acostumbro a pasar un cuestionario sobre la expresión de la homosexualidad. Evaluamos el grado de homofobia interiorizada en base a aquellas cosas que el hombre gay se abstiene de hacer: no besar a un novio en público, no hablar con los vecinos sobre su homosexualidad, no poner una foto con su novio en la mesa de su despacho, etc.


Trazamos un plan de actuación sobre aquellas áreas que conviene ir trabajando y planificamos el proceso. Realizamos pequeños “experimentos” en los que el hombre que está haciendo terapia se compromete a, por ejemplo, hablar de su novio en la oficina durante la pausa del café. Al hacerlo, se observa a sí mismo: ¿qué pensamientos le asaltan?, ¿qué emociones le invaden?, ¿sabe afrontarlas?


El gay en terapia aprende a reconocer los esquemas que ha interiorizado y a darse cuenta de por qué tiene expectativas horribles sobre las reacciones de los demás


Poco a poco sigue camino de la excelencia de forma que pueda mostrar con naturalidad ¡y en cualquier ámbito! que es homosexual sin necesidad de abstenerse de nada.


Muchos me dicen que por fin comienzan a sentirse en paz consigo mismo… cosa que no muchos humanos pueden decir.


El hombre que mueve montañas comienza apartando piedrecitas: atrévete, te servirá para darte cuenta de que el mundo es mucho menos negro que ese cristal con el que lo miras. Son sólo tres pasos y tienes todo el mundo por delante. ¿Te atreves a entrar con buen pie en la primavera? Seguro que sí.




P.D.: El próximo mes (abril) organizo un taller presencial sobre homofobia interiorizada. Por el precio no sufras porque será low cost para que todo el mundo tenga acceso. Tienes más información en mi web aunque también puedes dirigirte a info@gabrieljmartin.com.


      
Nota final: Los heterosexuales sí se pasan el día diciendo que son heterosexuales. Cada vez que un hombre dice “este fin de semana estuve con mi mujer y los niños en Besalú” está diciendo que es hetero. La cuestión no es que tengas la obligación de decir que eres homosexual. La cuestión es que no tengas la obligación de ocultar que eres homosexual. No se trata de decir, sino de no sentirse obligado a abstenerse de hacerlo.




Referencias:

Cass, V. (1979). Homosexual identity formation: A theoretical model. Journal of Homosexuality, 4 (3), 219-235.


Downs, A. (2005). “The Velvet Rage”. Perseus Books. Cambridge.


Soriano Rubio, S. (2004). Cómo se vive la homosexualidad y el lesbianismo. Amarú ediciones. Salamanca.









[1] La propiedad transitiva dice que si A = B y B = C, entonces A = C.

dimarts, 10 de gener del 2012

CIELO..... SOY SEROPOSITIVO ¡¡¡ (La pareja serodiscordante)


Artículo de Gabriel J. Martín, psicólogo de la Coordinadora Gai-Lesbiana y de Gais Positius

Ilustraciones: Albert Boté


El primero de diciembre es el día Mundial de la Lucha contra el Sida. Cada año tratamos de acordarnos de lo muchísimo que queda por hacer. Por hacer en un tercer mundo donde la población que se infecta de VIH progresa a sida al no contar con antirretrovirales que detengan el curso de la infección. Y también por hacer en un primer mundo donde, a pesar de que casi nadie desarrolla sida, la infección por VIH es –con muchísima diferencia- la situación más estigmatizada de todas… lamentablemente.


No puedes llamarte buena persona si discriminas a otros. Entiendo que el miedo es libre y que, como ya hemos comentado en otras ocasiones[2], a veces es muy difícil sobreponerse a los temores de uno mismo. Pero también es cierto que esos mismos temores nos pueden impedir vivir la vida que queremos. Hablemos de ello.

En eso que llamamos “occidente” la situación del VIH se asemeja bastante a la de cualquier enfermedad crónica. Mientras esté detectada[3]y en tratamiento, es una situación mucho más llevadera y mucho menos peligrosa que –por ejemplo- la diabetes (tal como te lo digo). Como en todo, es necesario ser muy serio: tomar la medicación sistemáticamente y acudir a los controles periódicos para garantizarte una adecuada supervisión. A veces pueden aparecer algunas alteraciones y, como en todo paciente que toma un tratamiento crónico, se debe vigilar el hígado, riñón, etc. Pero más allá de ello, afortunadamente, la convivencia con el VIH no debe suponer un problema inabarcable. Igualmente, debe tenerse en cuenta que hay mucha variabilidad entre las diferentes personas seropositivas. Por ejemplo: a algunos les puede afectar a la calcificación ósea… y, a otros, no afectarles en absolutamente nada de nada. La causa parece que es, como en otras tantas situaciones, la genética. Hay cuerpos más resistentes que otros. Hay señores de 85 años que están hechos unos toros y chicos de 20 años con graves problemas de alergia. En resumen: siempre que no haya otros factores influyendo, una persona seropositiva detectada precozmente, con un buen tratamiento y un estilo de vida razonablemente saludable (sin volverse ortoréxico) puede convivir hoy día con su VIH sin mayores complicaciones.
 
Todos mis pacientes seropositivos me hablan siempre del miedo a ser rechazados. A enamorarse, implicarse emocionalmente y que, llegado el momento de hablar de su seropositividad, el otro salga corriendo. En estudios[4]que hemos realizado sobre qué partes de la vida se ven afectadas por el hecho de tener VIH, la de poder tener novio era la situación en la que más condicionados se sentían. Y en los talleres para recién diagnosticados que realizamos cada año, hablar de ser seropositivo con un candidato a novio era una de las mayores preocupaciones. De hecho, cada vez que trato en mi consulta un hombre seropositivo recién diagnosticado, entre los primeros temores que me expresa siempre está el de “y, ahora, ¿quién me va a querer?”. Para ellos, para que sean asertivos en la búsqueda del amor que todos merecemos y para los seronegativos que no queremos que un virus nos condicione el amor, he escrito este artículo.


Dos historias serodiscordantes.

Serodiscordante es una pareja donde uno de los miembros es seropositivo mientras que el otro es seronegativo. Hay hombres gais que eligen a sus parejas conforme a su estatus serológico (si son seropositivos o no). Es una estrategia llamada “serosorting” y que, para muchos, tiene sus ventajas. Muchos gais seropositivos prefieren relacionarse exclusivamente con otros gais seropositivos porque “te ahorras explicaciones, el sexo es más relajado y me siento más comprendido”. De la misma manera, hay gais seronegativos que prefieren no tener una relación con un hombre seropositivo porque “no tengo que estar pendiente del preservativo ni afrontar mi miedo a
infectarme”.Personalmente considero que el serosorting es una estrategia equivocada por tres razones principales:

1.Tener o no tener VIH no dice absolutamente nada de lo buena o mala persona que seas. Ni de tu inteligencia, ni de tu capacidad para convivir, ni de lo cariñoso que eres (o no), ni de tu ternura ni de tu capacidad de comprensión. Como criterio de selección de posibles novios, es muy poco informativo. Sí, te ahorrará alguna que otra conversación y puede que algún proceso de adaptarte a una situación desconocida, pero esto (en todo caso) sólo duraría unas semanas y el amor (se supone) dura años. Para ahorrarte un trámite te vas a focalizar en los momentos iniciales de una relación cuando lo inteligente sería prestar atención a lo que hará que la relación funcione a largo plazo.

2.Sigue siendo una estrategia discriminatoria. Gente discriminando a unos por tener VIH y gente discriminando a otros por no tenerlo… ¿cómo era aquello de “hay que valorar a las personas por lo que son”?¡Ah! (se me había olvidado) ¡que sólo se refería a cuando me discriminan a mí, no a cuando soy yo el que discrimina!

3.El día que te enamores, no te enamorarás ni del VIH ni de su ausencia. Te enamorarás de ese hombre. Con todas las circunstancias de su vida.
 
En ciudades como Barcelona, la prevalencia del VIH en gais es del 20%. Es decir, de cada 5 hombres que conozcas, 1 tendrá VIH. En lugares como Londres la cifra es aún mayor y probablemente, a no ser que se tomen medidas muy eficaces desde las administraciones para reducir la incidencia de nuevas infecciones, ésa será la tendencia en ciudades como la nuestra. Por esta razón, al igual que lo hemos comentado en ocasiones anteriores, ahora vuelvo a decirte que es muy probable que, si eres seronegativo, más tarde o más temprano por tu corazón pase algún hombre seropositivo.

Así que imaginemos que te enamoras de alguien con un seroestatus[5]diferente al tuyo. ¿Qué te vendría bien saber? Veamos las dos posibilidades: que el seropositivo lo sea él o que lo seas tú.


El hombre de mi vida es seropositivo.

Un buen día estáis tomando café y te lo dice. O estás en su casa, preguntas que qué es el bote éste de pastillas y él te contesta “son antirretrovirales, cariño” (él no comparte piso, así que son suyos y tú deduces que “entonces los toma él, lo que significa que es seropositivo”) y a ti te entra una especie de pánico que no sabes muy bien cómo controlar. Igual, cuando lo conociste ya sabías que era seropositivo pero no ha sido hasta que has empezado a darte cuenta de que lo miras mucho más de lo habitual y de que te mueres por que te llame, cuando empiezas a plantearte que sientes algunos miedos. Quizá te sientas intranquilo, quizá te preocupe la posibilidad de infectarte tú. Quizá sean otros tus temores…
 
Habitualmente, los miedos que surgen ante una relación con un hombre seropositivo tienen que ver con a) que tú te infectes, b) que él se deteriore o c) sobre la clase de vida que él ha llevado.

Que tú te infectes sólo podría darse si tuvieseis sexo anal desprotegido. El resto de prácticas sexuales no se consideran prácticas de riesgo[6]. Puedes recibir información en este sentido llamando a servicios como el 900ROSA (900 601 601) o acudiendo a alguna de las asociaciones que realizan la prueba rápida del VIH. Recibirás información veraz (y gratuita). Otro asunto que debes tener en cuenta es el de su carga viral. Si tu novio está en tratamiento con antirretrovirales y se mantiene indetectable[7]las probabilidades de que te infectes se consideran nulas. Soy consciente de que aún existe cierta controversia sobre este punto pero cada vez contamos con más evidencias de que un hombre seropositivo con carga viral indetectable es incapaz de infectar a otra persona. Esto no quiere decir que si el primer tipo que te cruzas por la noche te dice que está indetectable tú te lo creas y folles a pelo con él tan tranquilo. Lo que te estoy diciendo es que si mantienes una relación con un hombre y del que sabes que toma su medicación sistemáticamente y se mantiene indetectable (porque se cuida, sin más), podáis estar en la cama pensando en que os queréis y en que lo estáis pasando bien y no en obsesionaros con si el preservativo se ha movido o no. Que dejéis de usar preservativo es algo sobre lo que yo no puedo aconsejar (ni mucho menos) pero sí puedo animaros a que os informéis, a que habléis con otras parejas serodiscordantes y a que lo consultéis con su médico del VIH. Nunca tomes una decisión desinformado pero piensa que, si te informas, puede que veas las cosas menos negras de lo que las habías visto anteriormente… o en absoluto negras.
 
Que él se deteriore y no quieras verlo sufrir me recuerda a la película Philadelphia… y las cosas ya han cambiado. Todo va a depender mucho de la edad del diagnóstico, de si el diagnóstico fue tardío o si fue precoz, de si existen otras patologías, o de si se ha producido afectación de órganos porque el diagnóstico fue tardío. En un buen escenario (diagnóstico precoz y tratamiento inmediato) las perspectivas son prácticamente tan buenas como las tuyas. Eso por un lado pero por otro: ¿estás enamorándote o eligiendo un caballo para comprar? Quizá sea un poco fuerte descartar a alguien porque “podría enfermar”.Aparte de que resulta vejatorio (que lo es) es estúpido porque nada te garantiza que tú, seronegativo, no vayas a sufrir un infarto o que no te enfermes gravemente en un futuro. Todos los seres humanos somos frágiles. Mañana podemos no estar aquí, y las probabilidades a priori no siempre se cumplen y, por si no lo sabes, muchos estudios demuestran que el amor nos alarga la vida (¿lo pillas?). La mejor manera de vencer tu miedo es hablar con tu novio, acompañarle de vez en cuando a su revisión, informarte, hablar con expertos, hablar con otras parejas serodiscordantes. Pero nunca huyendo. El miedo nunca se vence huyendo. Muy al contrario: el miedo, cuando se enfrenta, cada vez se hace más pequeño (y más… y más pequeño).

Por último, no seas víctima de los mitos sobre el VIH. El VIH no equivale a promiscuidad. Nadie se ha infectado por ser promiscuo (¿acaso tú, que eres seronegativo, eres un santo?) Quien está infectado, lo está por mala suerte. Todos hemos tenido etapas de promiscuidad, todos hemos tenido prácticas de riesgo al menos en alguna ocasión (tú también… y lo sabes). Algunos las tuvimos en ciudades pequeñitas con poca prevalencia y la suerte nos acompañó. Otros no tuvieron esa suerte. Algunos se infectaron en una orgía y otros (muchísimos más de lo que tú te crees) se infectaron en una relación monógama con alguien de quien “nunca hubiese imaginado que tenía VIH”. Así es la vida: llena de matices, contradicciones y situaciones inesperadas. Ni tú lo sabes todo, ni él tampoco.
Él tiene una infección crónica. Nada más. No le falta un pedazo de alma, ni capacidad para hacerte feliz. ¿Te gusta? ¿Lo deseas? ¿Lo pasas bien a su lado? ¿Te demuestra su afecto? ¿Os gusta hacer planes? Estáis enamorados y, tal y como está el patio, te aseguro que eres un hombre afortunado por haber encontrado el amor. Te contaré un pequeño secreto: los seres humanos vivimos por inercia y sólo nos cuestionamos las cosas cuando nos sucede una crisis. Para muchos gais, el VIH es esa crisis que supone un antes y un después, un darse cuenta de las cosas que -de verdad- merecen la pena en la vida. Te llevas un hombre que se ha puesto la cabeza sobre los hombros y que conoce lo que -de verdad- merece la pena y lo que no. ¿Ves? Tienes suerte. Disfrútalo.


Cielo… soy seropositivo.

A veces la vida nos exige esfuerzos que nos desgastan. Hablar de que uno es seropositivo y, además, hacerlo como si los demás te tuviesen que dar su aprobación, te puede quemar rápidamente. Muchos gais seropositivos que conozco prefieren no profundizar en ninguna relación antes que verse expuestos a la posibilidad de ser rechazados. En la consulta, como antes comenté, hablar del seroestatus con un candidato a novio es uno de los temas abordados más frecuentemente así que –dada su relevancia- te voy a dar algunos consejillos sobre cómo afrontar esta cuestión en mejores condiciones. Igualmente, si vives en Barcelona[8], recuerda que en Gais Positius me tienes a tu disposición para trabajar estos temas así como también puedes encontrar un apoyo fantástico en los compañeros de BCN Checkpoint y en los de Stop Sida[9].
Como en el resto de cosas de la vida, no te lo juegues todo a una sola carta. No esperes a que tengáis una relación más o menos en ciernes para sacar la conversación del VIH. Es preferible que hables del tema con él durante el café que compartís en la terraza de un bar para conoceros. Di que has estado en un taller sobre sexo más seguro, habla de lo guapo que es el modelo de la campaña de la prueba rápida de tal sitio o comenta alguna noticia sobre el tema. En cualquiera de los locales del ambiente encontrarás campañas sobre el VIH, utiliza el cartel como excusa para iniciar el tema y sondéalo a través de su conversación sobre el VIH. ¿Le da pánico? ¿Está bien informado? ¿Qué opinión tiene de las personas seropositivas? ¿Tiene algún amigo seropositivo? Evalúa si es un hombre que puede necesitar algo de información y nada más o si es un serofóbico de los que es mejor no toparse con ellos. Igual lo notas tenso y evasivo porque él mismo es seropositivo y también le pone nervioso hablar del tema con un desconocido. Igual te dice abiertamente que es seropositivo o te pregunta directamente si tú lo eres. Igual te sale con que, para él, el VIH es un tema absolutamente secundario. Es imposible saber qué respuesta dará pero siempre será mejor sondear que hacerte una idea equivocada (y basada en tus temores).
 
A la hora de tener sexo con él, ten muy claro qué es una relación de riesgo y qué no. Sé asertivo y estate seguro. Muchos hombres me comentan que les da pavor sentirse mal ante la posibilidad de infectar a otros y eso les retrae de tener relaciones. Si tú tienes claro que sólamente mediante la penetración sin preservativo puede producirse una infección y te mantienes firme en esa seguridad (por más que el otro venga con dudas) verás que te resulta mucho más fácil entablar relaciones satisfactorias. La incertidumbre afecta mucho a la calidad de nuestras relaciones (las sexuales y las sentimentales).

Decirle que eres seropositivo debería ser algo pertinente. Tu seroestatus es algo que pertenece a tu intimidad. La LOPD (Ley Orgánica de Protección de Datos) dice que el seroestatus es un dato del nivel más alto de protección, así que imagínate. Pero no sólo es algo que tenga que ver con tu intimidad, es algo que define quiénes son merecedores de conocer que eres seropositivo (y quiénes no). Hay quien lo comenta sin mayor trascendencia con propios y extraños. Hay quien lo dice solamente a relaciones muy estrechas. Si sólo quieres que lo sepan tus familiares, amigos íntimos y tu novio, entonces sólo será pertinente decirlo cuando él se esté convirtiendo en alguien realmente especial en tu vida, cuando la cosa pinte seria: cuando él haya mostrado interés por ti y tú tengas claro que él puede ser alguien importante en tu vida.
 
Recuerda que no es una confesión. No estás revelando algo terrible de lo que dependerá vuestro futuro, ni un defecto tuyo… ni él es juez de tu vida. Estás compartiendo con él un dato que tiene que ver con una circunstancia de tu salud. Algo que se dice cuando toca y de lo que él no puede acusarte de haberlo escondido hasta entonces. Si lo has sondeado previamente y has sido capaz de elegir alguien con la cabeza en su sitio, que tú le hables de tu seropositividad no debería ser un problema.

Recuerda que, a veces, todos necesitamos un mentor. Si tú no naciste seropositivo quiere decir que hubo un momento en el que fuiste seronegativo y el VIH también te produjo temor. Recuerda que, en aquellos momentos, si tu novio te hubiese dicho que era seropositivo, aunque no hubieses salido corriendo, hubieses agradecido mucho que él te tomase de la mano y te explicase con ternura los detalles que te preocupaban. Y que te hubiese dejado tiempo para detectar tus miedos y afrontarlos. Sé para tu novio actual lo que hubieses querido para ti. En el peor de los casos, al menos te sentirás bien contigo mismo. En el mejor de los casos, habrá servido para abrir un canal de sinceridad y comunicación entre vosotros que –difícilmente- se cerrará en el futuro.
 
Si sale mal y te rechaza por ser seropositivo, tenlo claro: él se lo pierde. No necesitas un serófobo en tu vida. A menudo les pregunto a mis pacientes: “¿serías comprensivo con un homófobo?” y todos me contestan “¡No!, ¡Jamás!: porque él es un tío que no se ha tomado la molestia de informarse y que me critica sin conocerme siquiera”. A lo cual yo les pregunto “¿y porqué eres comprensivo con un serófobo que no se ha tomado la molestia de informarse y que te critica sin conocerte siquiera?”.

La respuesta está clara: porque tú no has superado tu propia serofobia internalizada. Porque aún hay conflictos en tu interior en torno al VIH. Se pueden trabajar, se pueden vencer, se pueden superar. Y se puede ser más feliz. Te animo a que lo intentes (si éste es tu caso).


Unos y otros, todos merecemos encontrar el amor incondicional. Que el VIH no suponga una condición –ni a favor ni en contra- para que seas feliz con tu novio. Preocuparos de encontrar un rincón especial, de llenar el álbum de vuestra vida de recuerdos especiales, de encontrar vuestro proyecto de vida común. Preocuparos de las cosas que verdaderamente importan. No dejes que un virus diminuto se convierta en una montaña infranqueable. Tú eres más listo y tienes mejor corazón que todo eso. ¿O no?
  



[1] Este artículo está dedicado a todos mis pacientes, compañeros, amigos, amantes y amores seropositivos. Porque estamos hartos de que -aún algunos- piensen que esto es algo del tipo “ellos - nosotros”.
[2] “Serofobia”artículo publicado en el mes de junio de 2011 en esta misma revista.
[3] Por eso hablamos continuamente de la importancia de hacerse la prueba del VIH con periodicidad.
[4]Cuestionario sobre afectación del vih en la vida cotidiana”, evaluación realizada con usuarios y socios de Gais Positius.
[5] El seroestatus puede ser seropositivo o seronegativo. Se refiere a si una persona tiene (o no) anticuerpos del vih
[6] No, el sexo oral tampoco. La probabilidad de infectarte por medio de una eyaculación suya en tu boca es del 0.05% lo cual se considera riesgo bajo. Si él está indetectable el riesgo se reduce aún más. Naturalmente, eso depende de que no tengas dañadas las mucosas de tu boca (heridas, otras ITS).
[7] Es decir, con menos de 50 copias de virus por ml3 de sangre.
[8] Si no vives en esta ciudad, puedes informarte sobre asociaciones y servicios en el resto de ciudades del estado llamando al 900ROSA (900 601 601).
[9] Existen muchas más asociaciones y/o servicios LGTB y sobre VIH pero que se dediquen exclusivamente a informar sobre VIH a gais (seropositivos y seronegativos), tienes estas tres. Stop Sida trabajan muy bien la prevención de la infección por VIH (también informan online), en BCN Checkpoint, además de un impresionante servicio de prueba rápida (de VIH y otras ITS), puedes recibir una información completísima sobre tratamientos antirretrovirales. En Gais Positius, además de la prueba rápida, ofrecemos atención psicológica individual, sesiones grupales y talleres. En las tres organizaciones los servicios son gratuitos por completo. Agradezco enormemente a la revista Gay Barcelona la publicidad que, por medio de estas líneas, me permite hacer de estos servicios.
 Artículo procedente de  www.gaybarcelona.net/revista/.
 
 
 

dimarts, 20 de desembre del 2011

RESULTADO: POSITIVO EN VIH.


En esta vida hay cosas que es mejor que no sucedan. Hasta aquí estamos de acuerdo: no tendría sentido tanta campaña de prevención del VIH si fuese exactamente lo mismo tenerlo que no tenerlo. Pero una vez que sucede, una vez que se produce la infección, también es cierto que hay dos formas de llevarlo. Puedes llevarlo mal, hundirte y permitir que todo el peso del estigma te robe tu vida. O puedes llevarlo muy bien, como se llevan otras tantas cosas que a veces suceden y plantearte el reto de que apenas afecte a tus proyectos. No sólo es posible sino que se puede aprender a conseguirlo.
(Artículo de Gabriel J. Martín, psicólogo de la Coordinadora Gai–Lesbiana y de Gais Positius. Ilustraciones: Albert Boté para la revista Gay Barcelona)

 
Cuando los compañeros de “Gay Barcelona” me pidieron que hablase de la vivencia con el VIH en este número de la revista me sentí contento por poder compartir con todo el mundo los resultados y vivencias de mi trabajo en los últimos tres años. Unos años intensísimos en los que he visto (literalmente) a cientos de hombres VIH+ adaptarse a su nueva situación. Como psicólogo procuro focalizar siempre en los aspectos constructivos de cualquier contexto y sobre ello será sobre lo que hable en este artículo.



Adaptación es la clave.
      Todo el mundo sabe que soy un friky de la etimología, así que no me esconderé. Además, la etimología de la palabra “adaptación” es especialmente hermosa. Viene del latín “ad aptum” que viene a significar “llegar a hacerse apto”. Por tanto, “adaptarse” transmite en su esencia el sentido de “aprender aquello que es necesario aprender para poder hacer tal cosa o vivir de tal manera”.

La noticia de que eres seropositivo no debería significar más que el hecho de tener que aprender una serie cosas. Tendrás que adquirir algunos conocimientos estrategias, hábitos y habilidades exactamente igual que si te mudases a vivir a Nueva York. En ese caso también tendrías que adquirir conocimientos (idiomas, cómo se organiza la red de metro), estrategias (aprender cómo se hacen amistades en este contexto social concreto), hábitos (levantarte y acostarte dos horas antes de lo que lo hacías en España) y habilidades (¿cómo se cocina sin aceite de oliva?). Todo cambio en la vida supone esto. A veces los cambios nos entusiasman y aprendemos una barbaridad de cosas sin esfuerzo (como cuando nos mudamos a nueva York) pero –a veces- los cambios nos vienen impuestos y no nos hace ni puta gracia tener que ponernos a aprender nada.

Así que intentaré facilitarte la tarea con algunas indicaciones que (como siempre digo) no pueden sustituir el asesoramiento directo por parte de un profesional cualificado. Debo decírtelo con claridad: si quieres, puedes ver el VIH desde el “pobrecito”, desde el estigma, desde el miedo y desde la disfuncionalidad, pero no cuentes conmigo ni para eso ni para enseñarte a lamerte las heridas (seguro que encuentras otros que   lo hagan). Conmigo podrás contar para plantearte el reto de aprender a hacer las cosas de tal manera que tener VIH no sea un obstáculo en tu vida y poder seguir viviendo como siempre quisiste hacerlo. O, al menos, intentarlo. Como psicólogo no quiero servirte para otra cosa. 



      “¿Me voy a morir?”, “¿me voy a deteriorar?”, “¿soy una bomba infecciosa?”, “¿debo avisar a mis amantes antes de tener sexo con ellos?”. Yo me sorprendo de que, aún, éstas sean las preocupaciones que primero asaltan a un hombre seropositivo recién diagnosticado. La respuesta para todas es “no”: no te morirás por culpa del VIH, no te vas a deteriorar, no eres ninguna bomba y no eres el responsable de la salud sexual de los demás, sino solamente de la tuya propia.

      En estos momentos, los tratamientos con antirretrovirales son capaces de mantener tu VIH indetectable de manera que la afectación a tu cuerpo será mínima. Personalmente opino que es mejor iniciar el tratamiento tan pronto uno se ha diagnosticado al margen de cómo se tengan las defensas (el recuento de CD4) y esta opinión no la sostengo porque sí sino viendo la experiencia de mis pacientes y a partir de lo que nos dicen los científicos. El equipo del doctor Gatell (Clínic) es muy partidario de ello. También lo son otros doctores como Clotet (Can Ruti), Moreno (Ramón y Cajal), del Romero (Sandoval), etc. que nos explican en diferentes encuentros científicos los efectos inflamatorios y oxidatorios del VIH y de cómo la mejor manera de prevernirlos y garantizar una buena calidad de vida es con un inicio precoz del tratamiento. Además, como ya hemos comentado en otros artículos, estar indetectable hace que sea realmente muy difícil poder transmitir el VIH a otra persona. Los efectos secundarios se han reducido notablemente hasta el punto de que muchos pacientes me cuentan que “si no fuese porque me lo dice unos números en un papel cada tres meses, ni me enteraría de que tengo VIH”.   

    Tendrás que aprender qué son los CD4, qué es la carga viral, el “logaritmo” y las diferentes familias de antiretrovirales. Tendrás que aprender qué niveles de defensas son buenos, aceptables, preocupantes o malos. Aprenderás sobre los hábitos de salud más aconsejables: dieta equilibrada, ejercicio moderado y no ingerir demasiados tóxicos (vamos, como todo el mundo). Aprenderás sobre cómo mantener unos buenos niveles de calcificación, de equilibrio lipídico, de función renal y hepática. Adquirirás el hábito de chequearte periódicamente, de cuidarte, de estar vacunado. Aprenderás estrategias para reconocer a los serófobos y a la “gente tóxica” que no convienen como amistades. Adquirirás la habilidad de dialogar con tu cuerpo. Yo todo ello se convertirá en otra rutina más de tu vida cotidiana. Aparte de esto, no mucho más.


Una de las cosas que siempre comento con mis pacientes es “sigue haciendo tu vida de siempre”. El momento del diagnóstico es lo suficientemente estresante como para que –encima- le añadas la tensión de dejar de fumar, o de beber, o de drogarte. Está clarísimo que cuantos menos tóxicos ingieras, mejor para ti pero también está clarísimo que cuanto menos ansiedad añadas a tu situación, más llevadera será y antes la resolverás. Ya habrá tiempo de abandonar estas cosas cuando el adaptarte a convivir con el VIH ya no sea tu prioridad.


      Sobre si decirlo o no decirlo... pues, sinceramente, la respuesta depende de la motivación que te impulse a comunicarlo a quienes te rodean. Si te sientes obligado a decir que eres VIH+ “para que tengan cuidado conmigo”, quizá será mejor que lo comentes con un psicólogo y juntos trabajéis sobre tu autoestima. Seamos francos: considerarse a uno mismo “un peligro para los demás” nos está diciendo que algo no funciona bien en tu autoconcepto. Si, por el contrario, deseas compartirlo con los demás porque necesitas el apoyo de las personas que te quieren, la cosa cambia mucho. Emplea siempre el “criterio de la comodidad” y comunícalo sólo a aquellas personas con quienes te sientas cómodo, sólo en las situaciones en las que te sientas cómodo y sólo en los momentos en los cuales te sientas cómodo. 

Piensa que, naturalmente, a quien se lo comuniques le surgirán todas las mismas preguntas que te estás haciendo tú por lo que resulta más cómodo, para uno mismo, sentirse capaz de responderlas con seguridad antes de hablar con nadie. Si lo que te preocupa es decírselo a un candidato a novio, te remito a mi artículo de noviembre de esta misma revista (“Cielo… soy seropositivo”), donde abordo el tema con extensión. De cualquier manera te recuerdo que lo mejor es sondearlo desde el principio sacando el tema del VIH, en general, a ver cómo reacciona al hablar del tema. Igualmente, no olvides que no estás confesando ningún “defecto” y que si alguien te juzga negativamente es porque su ignorancia no le da para más (¡corre, este hombre no le conviene a nadie!). No olvides que el VIH no tiene porqué ser más limitante de lo que tú le quieras permitir. Cambian algunas cosas: no puedes donar sangre ni órganos, necesitarás consultar con un abogado antes de hacerte una hipoteca y puedes tener algunos problemas para entrar en Irak, Jordania o Rusia. Pero también es cierto que si adquieres los conocimientos, estrategias, habilidades y hábitos adecuados, no tiene porqué suponerte una barrera infranqueable para que continúes desarrollando tus proyectos. Hoy por hoy, ser VIH+ es tener una infección crónica y nada más. Sé asertivo y no permitas que nadie te convenza de lo contrario. La noticia siempre impacta pero una cosa es el sobresalto que a uno le produce un diagnóstico (ahora hablaremos de ello) y, otra muy distinta, es empezar a verse como un apestado. Eso sí que no, nene.


El primer impacto.

La reacción ante la noticia del diagnóstico depende de la personalidad de cada uno y de su biografía. Depende de si habías conocido a otros gais seropositivos, de si conocías algo sobre el curso de la infección, de si llevabas bien tu homosexualidad, de si no tenías ningún sesgo discriminador, etc. Depende de una constelación de factores interrelacionados.


De entrada te llevarás un susto (el shock es inevitable, hay que asumir que es normal acojonarse aunque sólo sea durante un rato) pero pasado el impacto emocional inicial todo irá reconduciéndose e irás aprendiendo a convivir con tu nueva situación.

      Si, por el contrario, vives tu sexualidad con vergüenza, tenías un sesgo serofóbico, aún llevas interiorizada la homofobia o tienes dificultades con tu gestión emocional, lo llevarás fatal. La mayoría de mis pacientes se dividen en tres grupos: recién diagnosticados, VIH+ de largo recorrido que necesitan trabajarse diferentes temas personales y VIH+ que llevan uno o dos años diagnosticados pero que no han resuelto el duelo de la infección. Estos últimos me cuentan cosas como “pensé que lo superaría, pero no puedo. Al contrario, cada día estoy peor: más avergonzado, más asqueado, más deprimido. Cada día salgo menos y lloro más, ¿qué me pasa?” En estos últimos casos trabajamos temas que ese hombre traía pendientes (sus “mochilas”) y que han sido las que le han impedido elaborar adecuadamente el duelo que la noticia del diagnóstico desencadena. Yo les explico que es normal, que no es patológico sentirse así, sino que es un proceso de movilización de sus recursos para afrontar algo que perciben como una amenaza. Que, por esa razón, algo en su interior pone sus debilidades encima de la mesa, para que las solventen y puedan continuar adelante confiando en que, suceda lo que suceda, serán capaz de afrontarlo. Explicaré el proceso de duelo por VIH.

 


Un duelo (no siempre) duele.
      Considero que existen dos tipos fundamentales de duelo y que, a la hora de resolverlos, es muy importante distinguir entre ambos. Existe el duelo por tragedia y el duelo por fracaso. La diferencia entre ellos radica en el origen del suceso que desencadena el duelo. Si lo que ha sucedido es algo cuyo control escapa por completo a la persona porque las causas son inevitables o inmutables, vivimos un duelo por tragedia. Si, por el contrario, la persona tenía control sobre las causas del suceso que desencadena el duelo, lo que vivimos es un duelo por fracaso. Ejemplos clásicos del duelo por tragedia son el fallecimiento de un ser querido o la pérdida de tus bienes por culpa de una catástrofe natural (una inundación, un terremoto).

No puedes controlar los movimientos tectónicos, ni tampoco evitar la muerte de nadie, así que no tienes control sobre este tipo de suceso. Ejemplos de duelo por fracaso son los suspensos, la ruptura de la pareja, el enfado con un amigo, etc. Se supone que controlas haber estudiado más o menos, haberte trabajado la relación más o menos, etc.       Cada uno de estos duelos tiene funciones diferentes.

El duelo por tragedia cumple el objetivo de diluir los lazos emocionales con la persona, objeto o situación perdida. Aquí, el pensamiento rumiativo y la revivencia mental de lo sucedido, tienen como objetivo disminuir la intensidad de las emociones desencadenadas.  A fuerza de darle vueltas y vueltas, llegará un momento en que cada vez duela menos, menos, menos… hasta que ya no duela de manera insoportable. Cuando no hay control sobre una situación, al ser humano sólo le queda adaptarse a ella y que deje de dolerle para poder seguir adelante y mantener una vida funcional. Donde más se nota este efecto es en la irreversibilidad de la situación: al no haber cura definitiva, una vez seropositivo, no hay (de momento) vuelta atrás y todo se centra en asumir esta nueva realidad irreversible. 


En cambio, en el duelo por fracaso, el pensamiento rumiativo (eso de darle vueltas y vueltas) tiene como misión que extraigas los aprendizajes de esa situación. Si ha salido mal porque la has cagado en alguna parte, mejor averiguar dónde y no volver a cometer esa equivocación. El ser humano adquiere una enormidad de aprendizajes por “ensayo y error” así que, este tipo de proceso puede ser muy enriquecedor si se sabe resolver adecuadamente.

      La particularidad del duelo por el VIH es que contiene elementos de ambos tipos de duelos. Ante una infección por VIH hay una parte la situación que permanece fuera de tu control: no puedes controlar la prevalencia ni la incidencia del VIH en tu ciudad, no puede controlar si el chico con el que te acuestas está indetectable o con la carga viral altísima, no puedes controlar que (¡a veces ocurre!) confíes en la monogamia de tu pareja y que te infectes porque él se ha infectado mientras te era infiel con otro hombre. No puedes controlar todo en esta vida. A veces pasan cosas que no controlamos y, cuando pasan, nos desencadenan un proceso de duelo por tragedia. Del mismo modo, hay una parte de duelo por fracaso: “no usé el preservativo sistemáticamente en todas mis relaciones” o “calibré mal y no pensé que ese chico tenía carga viral (y alta)” o “aquella tercera copa me sentó mal y perdí el control durante una hora”. El etcétera, ya lo sabemos, es larguísimo. Añadiré que en lo relativo al componente de duelo por tragedia, ante la infección por VIH es necesario trabajar el proceso de pérdidas (cuando se cambia de etapa siempre hay algo que permanece, algo que aparece y algo que desaparece: esto ya lo decía Aristóteles en el s. IV AC) así como las emociones que se desatan ante el diagnóstico. En lo referente a la parte de duelo por fracaso, se trata de adquirir nuevos aprendizajes que nos hagan aptos para nuestra nueva situación.
 
      Eso sí: lo primero que debes saber es que todo hay que contextualizarlo. Comparado con otros seres humanos, no has hecho nada especialmente torpe y te lo explicaré con un ejemplo. Todos los heterosexuales se han emborrachado en alguna ocasión y, al día siguiente, han despertado en la cama de una/a desconocido/a después de haber tenido sexo sin protección. Ellos difícilmente se habrán infectado de VIH (quizá se han embarazado, eso sí). Si eso le sucede a un gay, la probabilidad de que se infecte de VIH es muchísimo más alta debido a que, en nuestra comunidad, con nuestras prevalencias e incidencias tan altas, es muy fácil infectarse. No eres ni más torpe (ni más listo) que cualquier otro ser humano.



Etapas clásicas.
      Un duelo suele atravesar diferentes etapas. A veces estas etapas se solapan, a veces hay etapas que no se producen, a veces se salta de una a otra y, a veces, no se desencadena ningún tipo de duelo. La primera reacción tras el impacto inicial es la de
negación. A menudo imaginamos que una persona en esta situación se pasa el día diciendo “no lo acepto, no lo asumo” o “¿VIH? ¡Yo no tengo VIH!”. Pero por negación también entendemos seguir viviendo como si no hubiese pasado absolutamente nada y, de hecho, esta es una reacción bastante habitual… y lógica. Tener VIH no significa absolutamente nada a no ser que lo tuyo sea un diagnóstico tardío. Pero, entre que una persona se infecta y que aparecen los primeros problemas de salud, pueden llegar a pasar entre ocho y diez años. Si te diagnostican en los momentos iniciales de la infección, quiere decir que pasarán años en los que el VIH no te afectará en nada incluso sin necesidad de medicarte. El hecho de no presentar “señales” hace que el duelo no se desencadene hasta pasado mucho tiempo. Habitualmente la parte más dolorosa del duelo (las siguientes etapas) no sucede hasta que el paciente no inicia el tratamiento porque, hasta ese momento, nada en su vida “señalaba” que tenía el VIH y podía permanecer en esta etapa de negación, de dulce ignorancia, de “inocencia”.

A la negación suele seguirle la rabia: “¿porqué me ha pasado esto a mí?”, “¡ese cabrón me tenía que haber avisado!”, “¡no te puedes fiar de nadie!” o “¡soy un auténtico gilipollas, quién me manda follar a pelo!”. Hay quienes, incluso, desarrollan toda una teoría conspiranoica sobre las perversas intenciones de la industria farmacéutica tratando de crear culpables. Al fin y al cabo se trata de una reacción de rabia que es normal, que es humana y que se debe permitir sin prestarle demasiada atención. Ante una crisis, nuestro cuerpo fabrica adrenalina y nosotros traducimos la adrenalina en emociones como la rabia. Es una reacción de defensa ante una amenaza. No es patológica, permítetela. Cuando dejes de percibir el VIH como una amenaza, te tranquilizarás y se te pasará el cabreo. Éste es el momento de trabajar tu percepción de amenaza, los temores que te suscita el VIH, los miedos que te están apareciendo. Es el momento de expresarlos, afrontarlos, entenderlos y solucionarlos. Te darás cuenta de que, una vez expresados y afrontados, los temores empequeñecen.



      La siguiente reacción normal es la depresión. Especialmente se da por la parte de duelo por tragedia que toca y tiene un componente de indefensión. De repente te das de morros contra tu vulnerabilidad, con que no eres más que una hoja que mueve el viento y no el hombre indestructible que creías ser. Eso asusta… y mucho. Sin embargo, ésta es la realidad de la vida: somos frágiles. Y podemos infectarnos, podemos tener un accidente, podemos perder a un ser querido. Una riada se nos puede llevar como si fuésemos muñequitos. Quizá el diagnóstico de VIH sea la primera noticia que tienes de tu vulnerabilidad pero siempre ha estado ahí. Y es eso, no el VIH en realidad, lo que te hace sentir tan asustado. ¿Nunca has pensado que si el VIH no te hiciera vulnerable no le temerías tanto?
 
Sin embargo, fíjate por dónde, asumir que uno es vulnerable y que –por supuesto- nos puede sobrevenir una enfermedad como a cualquier otro, nos ancla en el disfrute del momento presente. Te cambian los chips y te das cuenta de cuáles son las cosas verdaderamente importantes de la vida.


A pesar de ello, ésta es la peor etapa, porque en ella sueles darte cuenta de cuántas mochilas llevabas colgando: que no asumes con orgullo que eres gay, que te avergüenza hablar de tus prácticas sexuales porque son mariconadas, que no confiabas realmente en encontrar a un hombre que te amase de corazón, que habías puesto toda tu energía en construir un cuerpazo con el que impresionar a los demás porque en el fondo siempre te has sentido inferior y te preocupa muchísimo deteriorarte físicamente. Éste también es el momento de que seas comprensivo contigo mismo, piensa que eras el “maricón de mierda” del colegio, así que tampoco es de extrañar que terminases con una autoestima tan deteriorada, cariño. Esta es la etapa en la que todas tus mierdas salen a  flote. Lo que más duele es darte cuenta de que tu VIH ha destapado tu alcantarilla y todo aquello que quisiste arrojar allí, está reclamando que bajes a ponerle solución. Y eso sí que asusta. Cuando quieras podemos ponernos manos a la obra. Hay una ley en psicología que dice “todo lo que se aprende puede desaprenderse”. Si la vida te ha enseñado a sentirte mal, puedes “desaprenderlo” y aprender a sentirte optimista, ¿te animas? 
 
Muchos de mis pacientes han pasado una fase de negociación. No se da en todos los duelos pero en los duelos por VIH es bastante frecuente. La negociación consiste en hacer cosas para que la vida (o dios, o el cosmos o el karma) te corresponda con algo. Un ejemplo tradicional serían las promesas o los exvotos: a cambio de curarse o de encontrar un buen marido, se va uno de peregrinación o enciende velas en la iglesia. Por curioso que te parezca todos tenemos nuestras supersticiones, nuestras creencias que no se sustentan en una evidencia empírica firme y definitiva (pero que dan salsa a nuestras vidas). En los casos de infección por VIH muchos de mis pacientes me cuentan cosas como “he empezado una dieta macrobiótica rica en antioxidantes y carotenos porque eso fomenta la producción de una glucoproteína que combinada con…” o “voy a empezar a hacer meditación porque si equilibro mis chakras conseguiré mantener mis defensas en…” o “ya no vuelvo a salir de fiesta, ahora tengo que cuidar mi hígado y no volveré a probar el alcohol…”. Al final, ni te puedes pasar la vida comiendo un kilo de zanahorias al día ni te vas a dedicar a meditar cuando lo que te gusta es dar botes en la discoteca. Eso sin mencionar que, desde luego, la vida es más triste sin compartir –al menos de vez en cuando- una copita con los amigos.

      Todo esto se equilibra cuando llegas a la fase de resolución donde ya has superado la herida emocional y extraído los aprendizajes de la experiencia vivida. Terminas dándote cuenta de que sí: tienes que hacerte una analítica cada 3 meses y tienes que tomar un tratamiento, pero –siendo honestos- tu vida no ha cambiado tanto y las cosas ya no son como hace treinta años. Has adquirido los hábitos, herramientas, conocimientos y habilidades que necesitabas para “hacerte apto” y las cosas toman otro color.

     
Que no se te olvide…

Nadie nace sabiendo. Los seres humanos tenemos tantas cosas que aprender para desenvolvernos en unos mundos tan complejos como los nuestros que, en muchas ocasiones, no nos queda más alternativa que lanzarnos a la piscina e intentar vivir unas circunstancias (para las que nadie nos preparó) de la mejor manera que se nos ocurre. Eso supone equivocarnos muchas veces en el camino porque es la única forma que nos queda para poder aprender a vivir una vida para la que no existe manual de instrucciones. No te sientas desamparado. En la convivencia con el VIH la historia tiene ya treinta años y otros pueden ayudarte a adaptarte. Supera tus miedos y trata aprender a sobreponerte. Al menos inténtalo. Como dicen los héroes: “mejor fracasado que cobarde”.